Serendipity y maestros: Antonio de la Riva Bosch







Estoy convencido que si hay algo que merezca la pena en este blog es serendipity, duendes que me acompañan o casualidades, mezclado de osadía con ganas de aprender y con mucho de vanidad y soberbia. De todas formas tengo que decirle a mi ego que por muchas venias que me dé no valgo nada desde el momento que casi todo lo que aquí hay es de otros.

Según Wikipedia,una serendipia es un descubrimiento afortunado e inesperado que se ha realizado accidentalmente. El término serendipia deriva del anglosajón serendipity, neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754 a partir de un cuento persa del siglo XVIII llamado «Los tres príncipes de Serendip», en el que los protagonistas, unos príncipes de la isla Serendip (que era el nombre árabe de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka), solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades.

Según Umberto Eco, el mismo Descubrimiento de América (la "genialidad" de Colón) sería una serendipia.em>

De todas formas la verdad sobre el descubrimiento de Colón la tiene publicada Don Antonio de la Riva Bosch en un libro donde demuestra que Colón era americano.

Ayer estuve con él en su despacho y por fin pude llamarle Antonio. He estado cientos de veces con él ya que hice la pasantía dos años y tuvo que aguantarme durante todo ese tiempo aunque creo que también se rie con mis historias.

Es mi arcángel San Rafael como decía el otro día Lorca, mi maestro, confesor, y sobre todo brujo, sólo verlo me da fuerzas y energías para seguir y eso que yo quiero dejar la abogacía pero sólo verlo allí en la mesa camilla o en la taberna del despacho con su edad y su humor. Ayer me tuve que reir con sus cosas. Fui a llevarle el nuevo libro de Verdú No Ficción que estoy seguro que le va a gustar. Os dejo una entrevista que le acaban de publicar y de la que estuvimos hablando y ya digo riéndonos.

Antonio de la Riva Bosch _ Abogado: «Mis vísceras me llevan por el liberalismo»

ARISTÓTELES MORENO. CÓRDOBA

13-4-2008 10:17:50

Un abogado que se hace construir una taberna andaluza en el bufete y recibe al personal en mesa de camilla es un tipo que entiende la profesión a su manera. Antonio de la Riva (Jerez de los Caballeros, 1931), titular de uno de los despachos más prestigiosos de Córdoba, pertenece a un género de abogados en extinción: aquellos que creían que los litigios hay que templarlos a base de buenas viandas.

«Pelearse con un plato de jamón y una copa de vino es francamente difícil», proclama con un punto de socarronería encomiable. Porque este letrado que ha llegado a tener despacho en varias ciudades, y ha dado empleo a 40 profesionales, es vitalista de nacimiento y ha hecho de la fina ironía una forma de vida.

-¿Para qué le ha servido a usted el sentido del humor?

-Es elemental. El que no lo tenga está perdido. La vida, sin sentido del humor, es una contemplación muy triste. Hay gente a la que le gusta ir a los entierros. A mí no.

-¿Y se fía de las personas que no lo tienen?

-Poco. Porque, de alguna manera, son cojos o mancos.
Conversador nato y alérgico a la solemnidad, está convencido de que la ciudad donde nació está tocada por el halo mágico de los templarios. «He escrito un libro sobre los templarios, que tienen cosas interesantísimas. Esta gente se asentaba en zonas donde estaba el hombre primitivo, que buscaba la comunicación con la naturaleza. Yo he llevado allí a amigos deprimidos y se han sentido revitalizados».

-O sea, que usted cree en las fuerzas esotéricas.

-Sí, sí. El caso del hombre primitivo está clarísimo. Se la daban por todos lados y se quedaba donde sintiera comunión con la naturaleza.

-Usted, por lo tanto, no ha padecido una depresión en su vida.
-Yo, nunca. El problema mío es el vitalismo. El vitalista tiene una fuerza enorme en su interior y tiene derecho hasta a ciertos tratamientos especiales, incluso de confesionario.

-¿Y de dónde le viene eso?

-Hay ciertas raíces que están ligadas con antecedentes familiares. Las vísceras también tendrán su culpa.

-Eso es una virtud, ¿no?

-Si lo interpretas bien, sí. El vitalista puede hasta caer en la droga. Tiene que estar tirando de las riendas.

-¿Y usted se ha tirado mucho de las riendas?

-Poco, poco.

-¿Cómo fue su niñez?

-Magnífica. Recuerdo hasta los castigos que me dio mi madre, que era muy rigurosa. Creía que me tenía que educar de una forma espartana y se lo agradezco a horrores.

-¿Y cómo se puede educar espartanamente a un vitalista?

-A fuerza de tortas. A no darme jamás un premio por nada.

Y no recibió nunca recompensa alguna pese a que atiborraba la cartilla escolar de matrículas de honor. Luego, al cabo de los años, descubrió que su madre guardaba cuidadosamente las notas como si fueran oro en paño. De padre juez y familia de tradición jurista, acabó licenciándose en Derecho y presentándose a las oposiciones de abogacía del Estado.

Su instinto cáustico lo ha ido empujando a territorios del escepticismo y a desdeñar las posiciones meramente gregarias. «Aprecio en un político la eficacia más que la ideología, si no es sectario. Me da igual que sea de izquierdas que de derechas. Eso es una estupidez. Yo hay mañanas que me levanto de derechas y lo que tengo no lo toca nadie. Y otras que me levanto de izquierdas y la mitad de lo que tengo lo quiero repartir».

-Así despistará a sus amigos.

-No. Formar parte de un grupo parlamentario y votar lo que te digan, pues no. Mire usted: yo voto lo que me dé la gana.

-Usted no militaría en ningún partido.

-Bueno, yo formé parte de un grupúsculo que constituían Federico Silva, Monreal Luque y Fraga. Escuchaba cosas increíbles: por ejemplo que el futuro de España se iba a constituir sobre la base de un gran respeto al pasado. Yo decía: no no: es todo lo contrario.

-¿Se siente un liberal?

-Totalmente. Gracias a Dios.

-¿Pero es más liberal en lo político o en lo personal?

-En todos los aspectos. O te haces un liberal o un carca.

-¿Y usted no es un carca?

-Gracias a Dios, no. No me importaría serlo, pero las vísceras mías van por el liberalismo. Me funciona muy bien la suprarrenal, que tiene la culpa de mucho. Mire usted: hay sitios donde se aprenden cosas. Por ejemplo, una comunidad de vecinos, donde siempre hay un amargado que provoca problemas enormes. O no le funciona bien el hígado o se lleva muy mal con su mujer.

-O sea, que usted es liberal porque es feliz.

-Soy liberal porque me funciona muy bien el organismo. No me considero un triunfador, pero me ha ido muy bien. ¿Cómo voy a ser un resentido? El resentimiento es peligrosísimo. Dios te libre de encontrarte con un resentido.

-¿Usted ha trabajado mucho?

-Mucho, no. He trabajado lo necesario.

-Pero tener un bufete con tantos trabajadores le habrá obligado a trabajar más.

-No, perdón. A trabajar menos.

-¿Qué aprendió del mundo de la justicia?

-La humanidad que hay.

-Mucha gente no estará de acuerdo.

-El juez que tiene un sueldo modesto, sabe resolver asuntos gordísimos, no es corrupto y es imparcial, es un espectáculo impresionante.

-¿Ha defendido a personas indefendibles?

-Casi todos son indefendibles. Piense usted que cuando alguien le encarga un asunto piensa que él tiene todo el derecho y el otro ninguno. La primera labor del abogado es reducir al cliente a sus justos límites. Y la segunda es darle la paz y la tranquilidad. El odio entre hermanos es lo más frecuente. Los Hermanos Karamazov se quedaron cortos.

-¿Y usted ha tenido la virtud de transmitir la paz?

-Hombre, no como los curas, pero vamos.

-¿Guarda muchos secretos en el cajón?

-Muchísimos. Un abogado que no guarde secretos es que no ha tenido asuntos.

-¿Ha sido usted un hedonista?

-Claro. Ha habido muchas ideas deformadas, incluso por la doctrina de la Iglesia, aunque yo soy católico, apostólico y romano. El tema de los placeres tiene una regla: no hacer daño a los demás.

-Pero hay cierta parte de la Iglesia que no está de acuerdo con esa concepción.

-Bueno. El concepto de sufrimiento de la Iglesia no es bueno y a los templarios no les gustaba. Mucho más importante que la muerte de Jesucristo fue la resurrección. La Iglesia ha producido muchas deformaciones del propio Evangelio.

-Ser hedonista en los años 50 en Córdoba debía ser complicado.

-Ser hedonista no significa ser un pendón. ¿Qué cosa más importante hay que disfrutar de la vida? En los tiempos donde yo he vivido la gente llegaba a ponerse silicio y las chicas garbanzos en los zapatos para sufrir. ¿Usted cree que ese sufrimiento puede complacer a Dios?

-¿Le hubiera gustado vivir de joven ahora?

-Mire usted: no tengo la más mínima posibilidad.

-¿Le puso en muchos apuros El Cordobés?

-Yo le tengo un cariño especial. Me creó cuatro o cinco dificultades pero las lidiamos muy bien. Es un personaje de libro, pero mal apreciado. Todo el mundo juzga a El Cordobés como torero y eso es secundario. Hasta el punto de que al principio no sabía torear. Pero es de una inteligencia especial.

-Ese señor sí era un hedonista.

-Sin lugar a dudas. Pero le faltó control. Un día estaba armando un follón en la cafetería Benítez y me llamaron. Lo saqué de allí y nos fuimos a cenar a un restaurante chino de la Avenida del Aeropuerto. Me dijo: «Mira, yo tengo una curiosidad. El único que nunca me ha dado un consejo has sido tú». «Verás», le dije yo. «A mí no me gusta perder el tiempo y tú no escuchas a nadie». Le dio un ataque de risa y se tiró al suelo.

-Para ganar un juicio, ¿es necesario tener razón o tener un buen abogado?

-Desde luego, tener razón no.

-¿Los ricos también van a la cárcel?

-Ahora hay una distinción curiosísima. Los ricos que devuelven el dinero y no van a la cárcel y los ricos que van a la cárcel y no devuelven el dinero.

-¿Qué ley reformaría usted?

-Yo, con que el Gobierno no tuviera diarrea legislativa, tenía bastante. La Ley de Igualdad es un camelo. No es posible que los hombres y las mujeres sean iguales. El 99% de los inventos son de los hombres y el CSIC tiene que estar formado la mitad de hombres y la mitad de mujeres. Eso no es correcto, lo cual no denigra a la mujer.

-¿No cree en la igualdad de derechos?

-De derechos sí y de oportunidades. Pero eso no significa que seamos iguales.

-¿Qué le queda por hacer?

-Dos o tres vidas. Me viene cortísimo el tiempo que me queda. Y me gustaría escribir 20 libros, celebrar cien pleitos y calmar a los exaltados.
Así se despide Antonio de la Riva, pletórico de ánimo y con un puñado de proyectos debajo del brazo, aunque la edad de la jubilación se quedara atrás hace ya bastantes años. Pero antes, naturalmente, hay que pasar por la taberna para distenderse convenientemente. «¿Café o un güisquicito?»




3 comentarios:

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