Ay si yo fuese marinero... Calcanhoto y Amado.




Maresia


No buscaría confort, un amor en cada puerto, no pensaría en dinero...

Breve reseña de "Postal con saudade", de Jorge Amado

Viejo sin barco y sin mar, desmoralizado en tierra, pero no por culpa suya [...]. Su destino fue truncado». Ahora, muerto y disfrutando «raya perfumada con aceite de dendê y pimienta brava», emprenderá su postrera navegación. Atrás las mujeres que son víboras y los hombres apenas borregos. Enfrente sólo el mar y cerca su amante y sus amigos. Está muerto pero nunca vivió con tal intensidad ese temporal que se desata. Esa furia de los elementos sin control.

En medio del mar que aúlla, Quincas cae al agua y desaparece para siempre. La funeraria no aceptó el ataúd de vuelta y la familia tuvo que pagar: «Me enterraré a mi manera, / y cuando me dé la gana. / Pueden guardar su ataúd / para mejor ocasión, / que no me van a agarrar y meterme en un cajón». Esta corta nouvelle, de 1959, encierra muchas de las mejores cualidades de la prosa de Amado: irreverencia, humor, ternura solidaria, y capacidad para mantener un ritmo alerta y desopilante a la vez. Con la máscara de la comedia, del juego mortal con la muerte misma, reafirma la vida y sus prodigios. Ya no hay límites sino espacios creativos, traspasados y pulidos por la energía arrebatada de la literatura misma jugándose en el peligroso filo de la incredulidad. Claro que un muerto quiera acostarse, de vez en cuando en la calle, para descansar, mientras los amigos echan otro trago para recobrar fuerzas.

Claro que un muerto puede participar en una pelea o guiñar el ojo a una mujer que lo quiere y lo llora. Claro que un muerto puede caer al mar, si un barco se balancea. Claro que los muertos están más vivos que nadie en la jugosa prosa de Amado. Como él dijo en sus recuerdos infantiles: «¿Qué otra cosa he sido sino un novelista de putas y vagabundos? Si alguna belleza existe en lo que escribí proviene de esos desposeídos, de esas mujeres marcadas con hierro candente, los que están al borde de la muerte en el último escalón del abandono.



Ay si yo fuese marinero...

2 comentarios:

Jerusalem dijo...

Muy bonito, me encantó. Todos ,al fin y al cabo,somos marineros de la vida.

Besos

JL Martínez Hens dijo...

Sabes que yo también soy de Córdoba. Me ha encantado leer eso de tu blog de:

Ya llega Mayo, y con este mes mi Córdoba se engalana la más bella, como ofrenda a la primavera...

Mezclandose aromas con colores, de geranios, claveles, buganvilla, jazmines y gitanillas para conformar auténticos rincones de cuento.

Espero pasearme en alguno de los acontecimientos de Mayo y no sólo recrearme en las macetas, sino en esos ojos y piernas que pintó Julio Romero de Torres de la mujer cordobesa, y en la sabiduría de los ancianos de Córdoba y el senequismo y caballerosidad de sus señores. Tengo la gran suerte de tener amigos en Córdoba. Y ya sabeis que dicen que el que tiene un amigo tiene un tesoro...

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