Artículo de Lola Clavero: prima política

















Como hoy tengo un asunto laboral de la familia política que atender y me tengo que marchar a Málaga (ya os contaré luego como está Málaga en primavera), voy a abusar de la prima de mi actual y espero que eterna esposa y os voy a colgar su artículo del pasado Viernes en la Opinión de Málaga. No le he podido pedir permiso ya que el email que me ha dado me devuelve mi misiva, pero ésto es un tributo a la familia política, y animaros a leerla, los viernes en La Opinión de Málaga, podeis verlo en Internet y hacer comentarios. Decid que vais de parte mía y así me llevo la comisión del cariño.

No existen rostros feos, sino caras originales. Ni en sentido literal una nariz larga es un defecto, sino un exceso, entre otras cosas, de singularidad. Lo mismo podríamos decir de las grandes orejas o de los dientes generosos y, más allá del cuello, de las adiposidades o las amplias posaderas. Qué son sino dones que otorga la liberalidad de la genética, sino señuelo que marca la diferencia del individuo único. El bisturí como arma actual de destrucción masiva amenaza con globalizar nuestra diversidad física, con adocenar nuestras peculiaridades dentro de una mediocridad alienante. Animo desde aquí a una rebelión contra la cirugía castradora que es al cuerpo lo que la televisión al alma; otro medio de despersonalización desde arriba. Si antes hemos luchado contra el poder de esa caja tonta que, día a día, pretende unificarnos en la estupidez, ahora lo hacemos contra esas clínicas que nos quieren clones de la norma, que nos preguntan maliciosamente en sus folletos si queremos un cuerpo perfecto para luego hacernos objeto sobre la camilla de humillantes carnicerías que, en más de una ocasión, acaban en tragedia. Mire usted, señor carnicero, o sea cirujano, no quiero un cuerpo perfecto, quiero el mío que es de pata negra como el jamón con su buen tocino, así que aparte usted el bisturí y no me corte en finas lonchas, ni me ponga los muslos en la pechuga, para experimentos estéticos ya tenemos de sobra con el cubismo.

He sabido que España es el país europeo que más gasta en cirugía estética y eso ofusca mi orgullo nacional. Queremos acaso, me pregunto, enmendarle la plana a esa rancia e ilustre etnia que fueron los celtíberos ¿Nos avergüenzan las facciones que obvian nuestras gloriosas señas de identidad?

Este pueblo, emblema del espíritu romántico, rebelde y orgulloso de sus liberadoras diferencias quiere ahora ser como todos. Como este o aquel de la foto, dice el acomplejado paciente, mostrando al cirujano una revista de celebridades bárbaras. Es como un relato de Borges pero a lo bestia; los herederos del espíritu de Numancia quieren ser "el otro". Lástima de principios unamunianos en torno al casticismo; desarraigados del unívoco perfil torero, la piel de toro se verá poblada de equívocas fotocopias de David Beckham y Angelina Jolie. Trágica paradoja; han podido más los anuncios de yogures desnatados y la prensa rosa que las tropas de Napoleón y después de tantos siglos de insumisión nos rendimos al invasor por la cara. De camino a la camilla arriesgamos la bolsa y la vida.

Me rebelo contra esta inculcada falta de autoestima que engorda las cuentas bancarias de cirujanos que, en ocasiones, ni lo son y, a modo de receta-manifiesto, propongo una enfermedad psicológica como antídoto. Se llama anti-anorexia y consiste en un sencillo ejercicio matinal que ocupa unos pocos minutos ante el espejo. Esto es, el aquejado de tan positivo mal no ha de verse gordo siendo flaco, ni imaginarse feo cuando sólo es algo original, muy al contrario, contemplará cada detalle de su físico como un prodigioso don de la naturaleza y besará con embeleso al pedazo de guayabo que le devuelve su encantadora imagen. Tras este breve examen ocular, el enfermo ha de exclamar, viva la madre que me parió, y se echará a la calle palmeando un saleroso fandanguillo de Huelva. No falla, es más o menos lo que hacía el barbero de Sevilla, antes de que los libros de autoayuda se pusieran de moda.

Hay que recuperar la inocencia de los seres primigenios en los áureos albores de la historia, cuando Adán y Eva balanceaban con alegre inconciencia sus celulitis a troche y moche por el Edén. En la ignorancia de los severos espejos, la pareja vivía feliz hasta que, expulsados del paraíso, tomaron conciencia de su desnudez y se avergonzaron. Humilló la mirada Eva ante sus cartucheras y a Adán le abordó el paliza de José Coronado para proponerle el plan Activia en quince días. Hasta aquí la versión bíblica, según las teorías laicas mas optimistas de Voltaire y compañía, la raza humana, sin más necesidad que el pasar de los siglos, evoluciona hacia la perfección mental y física. Y me da que en este punto no contaban con la intervención del bisturí. Me aterra pensar en un mundo futuro poblado de rostros idénticos operados a la última moda, de androides de cuerpos perfectos y pensamientos robóticos sobre el árido paisaje de un planeta desértico como en una de esas malas películas de ciencia-ficción de los años setenta. Aspiro, pues, a expirar en una sociedad aún de seres humanos, de individuos originales. Cada cual peculiar, cada cual bello a su manera.


Lola Clavero artículo publicado en La Opinión de Málaga el 02/05/08

1 comentario:

JL Martínez Hens dijo...

Otro artículo de mi prima política. Este es para concurso.

La del pirata cojo
Lola Clavero

Sabina quería ser pirata; cojo, con pata de palo, con parche en el ojo y cara de malo, pero, al final, se colocó un bombín y se hizo trovador de la Corte como en plan Villasandino. A cambio del peloteo al poder, el poder le ofrece combatir a esos piratas que ya no le hacen ni la menor gracia puñetera. Que es que los tíos, navegando por las procelosas aguas de internet, le pescan los derechos de autor y el personal se queda con la copla por tres euros en el top-manta. A Sabina los piratas de sueño romántico se le han vuelto pesadilla. Ya no le tocan el corazón sino el bolsillo, algo que no perdonan los poetas de consumo. Pero los piratas del top-manta se limitan a practicar el marxismo a su manera más que por pura utopía, por determinismo biológico. Esto es, de haber podido elegir sin duda elegirían ser Sabina y no piratas; nada más confortable que cantar a la marginalidad desde el favor de la Corte y al calor de una nutrida cuenta corriente. Por desgracia, sin embargo, la marginalidad real, la tragedia de nacer en el país inadecuado no conduce a actitudes estéticas, sino a inspiraciones urgentes que atienden a las prosaicas necesidades del estómago. Y ése no entiende de ética cuando le da por gruñir.
Sabina y compañía, tan marxistas en su momento, deberían pensar como el cartero de Neruda que la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita.

Sin mayor remordimiento, compro la piratería de los piratas sin honra, sin más dimensión épica que la de llevarse algo caliente a la boca al cabo del día y hacer llegar a fin de mes el ansiado giro a esa numerosa familia que espera, al otro lado del mar, las migajas del capitalismo europeo para poner la mesa. Compro sus cedés, sus deuvedés, sus gafas de sol apócrifas y sus imitaciones de bolsos caros. Y, si he de elegir un polo, prefiero el del lagarto Juancho al del lagarto pijo. Pues mayor delito me parece pagarle la firma a un individuo que, desde su mansión en Capri o la Costa Azul, manda sus patrones para ser manufacturados por tres euros a un remoto poblado del tercer mundo donde trabajan incluso manos de menores que nunca irán a la escuela que pagar directamente al obrero sin glamour pero con mucha hambre. El delito no es la falsificación, sino la terca y cruel estupidez de esta mentalidad del consumo que obvia las atroces desigualdades económicas entre países. El emblema de la marca auténtica sobre el pecho no otorga la elegancia si no se tiene, todo lo más, constata que te has gastado en dicha prenda el pastón con el que otros podrían salvarse del ayuno durante un mes. Una ostentación burda, innecesaria, a más de bastante hortera.

Llámenme vetusto reducto del progresismo rancio, engendro tardío del decadente espíritu de la Internacional o, simplemente, complaciente cómplice del pirateo choricero, no admito más marcas que las falsificadas y, en ellas, encuentro el último modo posible de socialización. Los artistas, los diseñadores, siempre en primera línea de la solidaridad, del concierto benéfico, de la oenegé, deberían estar muy pagados de que sus creaciones se socialicen y no contradecirse con bramidos de codicia insolidaria.

La piratería ya no es un modo de vida elocuente, desafiante y grandioso; el exaltado ideal de la canción de Espronceda sino una manera de supervivencia en tono menor para los desesperados. Sin orgullo, sin loro, sin bandera de la muerte, los piratas del XXI, se adocenan en oscuros talleres clandestinos a imitar las firmas del glamour o pescan por internet música y cine de última ola, cargando y descargando su botín en la mochila de bar en bar, a tres euros el delito. No más épicos, los piratas de mar que los de bar, tampoco son los que escribió Emilio Salgari. Famélicos somalíes que practican el abordaje con la rutina del único oficio que les permite la miseria. Pobres eran los pescadores del atunero secuestrado, pero más aún los propios secuestradores. Tanto que hasta los familiares de los retenidos se llegaron a apiadar de su situación, pese a la tremenda angustia de las jornadas de incertidumbre.

Sólo para la perpleja indignación de Sáenz de Santamaría quedan aún puntos oscuros en el proceso de liberación de los rehenes. Está claro que las negociaciones del Gobierno español pasaron por la aceptación del chantaje y que, al final, los piratas huyeron con el botín. Y, aunque no sea éste el modo más ortodoxo de paliar las situaciones urgentes de pobreza, a falta de otro, nos parece lo justo. El delito de la piratería no se favorece cediendo a sus chantajes, sino creando, día a día, el modelo económico que la haga posible. Si seguimos ignorando y desatendiendo el problema de las aberrantes desigualdades materiales en el planeta, no podremos tachar de delincuentes a los que no hacen más que tomarse la justicia por su mano.

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