Entrevista a mi maestro: don Antonio de la Riva



NACE EN JEREZ DE LOS CABALLEROS (BADAJOZ), EDAD 70 AÑOS
TRAYECTORIA ABOGADO DEL ESTADO, PIDIO EXCEDENCIA EN 1978.



Su nombre suena en Córdoba y fuera de ella como letrado de prestigio. Tiene bufetes en otras ciudades españolas y colabora con grandes firmas internacionales. Es el abogado preferido por toreros y famosos siempre que no se trate de asuntos penales, modalidad que le hacía sufrir mucho ("No quiero imaginar que alguien esté un día de más en la cárcel por mi mediación", dice), por lo que, enemigo como es de amargarse la existencia, derivaba a su amigo Estampa Braunw hasta la muerte de éste. Pero Antonio de la Riva, hombre de rica formación humanística, genio alegre y charlatán, es uno de esos seres tan amantes de la vida que la exprimen por todos sus costados.
De modo que este extremeño afincado en Córdoba desde niño, además de hábil en los pleitos es un cinéfilo empedernido, sabe de toros casi tanto como su clientela emparentada con la fiesta nacional y, desde hace doce años, vive entregado a la escritura con pasión adolescente. A De la Riva se deben, además de una compilación de pensamientos sobre todo lo divino y la humano, hilvanados con buena prosa y fino humor bajo el pseudónimo de Antonio Balboa, dos ensayos enjundiosos sobre Las claves del enigma de Colón y La cara oculta del Temple , ambos editados a todo lujo por Lunwerg. En esta editorial aparecerá pronto su última creación literaria, que gira en torno a la figura de Don Quijote, coincidiendo con el cuarto centenario de la gran obra cervantina.

De literatura, abogacía y otros placeres hablamos en su despacho cordobés (bueno, yo a veces grito, porque don Antonio tiene serios problemas de audición), rodeados de fotos y libros ajenos al derecho --los de consulta están en la trastienda-- y sentados en torno a la misma mesa camilla desde la que De la Riva tranquiliza a sus clientes. "Es para humanizar un poquito esta profesión --explica con su voz cavernosa--, porque alrededor de un brasero no es fácil pelearse". Y si la cosa se pone fea ahí está, en un rincón estratégico, el bar de atmósfera taurina donde se riegan con montilla-moriles los peores litigios en esta casa.

--¿Qué impulsa a un abogado de renombre a echarse en brazos de la literatura?

--A mí me surgen los libros sin saber por qué. En el prólogo de Ensayo sobre Don Quijote declaro que escribo sin saber de dónde procede mi impulso literario. A veces es porque leo algo que me llama mucho la atención y quiero escribir sobre eso, para mí es un estímulo.

--¿Y qué visión aporta su ensayo sobre Don Quijote?

--El Quijote es un libro tan apasionante que cada vez que se lee, y se lo puede leer uno mil veces, surgen miles de ideas. Se puede hacer un estudio sobre la fantasía, sobre la decadencia de la nobleza, sobre el amor. Porque hay que ver las cosas que dice Cervantes sobre el amor. Y luego yo tengo una teoría, que creo que comparte otra gente, que es la de que Cervantes está tremendamente influido por Erasmo de Rotterdam. No le gustaba la Iglesia y la religión de su tiempo, hasta el punto de que él era un católico de fe profunda pero un malísimo practicante. Estaba en contra del ritualismo. Yo creo que la parte más importante del Quijote es el discurso a los cabreros. Ahí exalta la vida primitiva, la moral natural. Es un libro para gente muy madura.

--Tiene usted un gran olfato para escoger los temas, no digo comercial porque no lo necesita, pero sí coincidente con los gustos de los lectores. Tanto los templarios como el Quijote están de moda.

--Sí, son temas de moda, pero no me mueve interés alguno al abordarlos. La literatura para mí es un gran desahogo. Yo empecé escribiendo cositas muy cortas porque me di cuenta de que cuando uno está enfadado si escribe se le quita el enfado.

--O sea, una especie de terapia.

--Sí, y no tiene nada que ver lo que escribes con el posible disgusto que tengas. Es una manera de eliminarlo lo mismo que con el agua de Marmolejo se eliminan las piedras del riñón. Es algo muy gratificante.

--Tengo entendido que la tertulia en que participa suele suministrarle también motivos de inspiración. ¿Es cierto?

--Sí, yo soy hombre de tertulia, y en las tertulias surgen ideas y opiniones que se acaban perdiendo. Por eso escribirlas es un modo de conservar recuerdos bonitos. Yo tengo una tertulia muy peculiar en la que hay gente de todas las clases. Nos reunimos los martes en una comida muy larga y lo pasamos muy bien. Es gente ingeniosísima. Se habla de religión, de política, del ántrax... Es mucho discutir por discutir y por hacer ejercicio de ingenio.

--Lo malo es que luego, acabada la comida, vuelve al despacho y aquí aguarda la cruda realidad.

--No, no, porque el trabajo del despacho es muy gratificante, a mí me gusta mucho. Bueno, empiezo porque yo ya me puedo permitir escoger lo que llamamos "los casos bonitos"; los casos feos se los quedan éstos.

Dice "éstos" con aire jovial y cómplice mirando hacia su hijo Antonio, especializado en casos de Medio Ambiente, que presenciará en silencio toda la conversación, a la que al poco rato se unirá, aportando datos y recuerdos, Chari, secretaria del jefe y alma del bufete cordobés. Pero este señor con aspecto de ministro antiguo tiene otros bufetes abiertos: en Madrid, Marbella, Sevilla y Jerez, además de colaboraciones con despachos de Londres, París y su querida Lisboa. En total trabajan a sus órdenes unos cuarenta profesionales, más las jóvenes promesas de una especie de Escuela de Prácticas Jurídicas que acoge en el despacho de Córdoba. "Hice un equipo de gente muy buena y los metí como socios, porque a mí el pasante no me gusta --afirma--. Y además se tienen que enterar de todo lo que pasa en el despacho, nada de ocultarles temas. Así la gente se deja el pellejo en el trabajo". A cambio Antonio de la Riva, hombre desprendido y hedonista, les recompensa llevándoselos de vez en cuando de excursión a hacer turismo gastronómico. "Me gusta que si yo me divierto --informa-- se diviertan también los demás".

--Eso sí que es saber tratar a la gente, don Antonio.

--El buen abogado debe tener mucho de psiquiatra, y lo bonito es que llegue una persona con un problema y se vaya relajada. Porque la gente llega con problemas sobredimensionados, cada persona se cree que el problema que ella tiene no lo ha tenido nadie, que es un caso único. Y hay que ayudar mucho a la gente a tomar decisiones. El abogado lo que hace es ponerle una prótesis psicológica al cliente.

--¿Desde cuándo se dedica a la literatura?

--He sido siempre un gran lector, sobre todo de ensayo. Tengo muchísimos libros. Y en cuanto a escribir, yo es que durante bastantes años tuve chófer, hasta que el pobre se mató en un accidente de coche. Era un hombre excelente, pero un mal conductor --dice en tono jocoso--, y yo no me fiaba de dormirme. Perdía muchas horas en el coche, porque viajaba constantemente a Madrid en una época en que no existía el Ave, ese gran invento. Llevaba una libretita y cuando me di cuenta tenía escrito un libro. Escribía en el coche (ahora ya no, pero sigue haciéndolo a mano y sin apenas correcciones), aunque lo que es pensar en el libro, y en todo lo demás, el letrado lo reserva para el cuarto de baño. "Es sin duda el mejor sitio, por la mañana y mientras uno se baña", defiende categórico. El lo hace con toda ceremonia, "con sales y una almohadita y agua muy caliente, que es un estimulante extraordinario de las ideas, no como la ducha, que las enfría".

--Se ve que sabe usted vivir.

--¿Qué?

--¡Que sabe usted vivir!

--Ah, bueno --dice poniéndose la mano de trompetilla--. No sé si sabré vivir, pero las horas muertas son una pena. Esos fines de semana tan largos, y más ahora que ya no se trabaja los viernes por la tarde. En dos días y medio se escribe una novela.

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