Alma cargada por el diablo

El demonio de los celos retrospectivos mordisqueándote los tobillos graciosamente primero —ah, qué díscola mascota, cómo te gusta morder—pero luego los colmillos de leche empiezan a ser sustituidos por los auténticos —basta, me haces daño— y entonces, los mordiscos se lanzan ya más arriba, empiezan a doler de verdad aunque el demonio siga plácidamente jugando, hasta que le reñimos en serio, un golpe en su hocico, y él se enfada, y la mano con la que tratamos de calmarlo es devorada por esas fauces en las que pronto, muy pronto, vamos a ser deglutidos por entero. Mis jóvenes amigos, permitan este consejo: no incurran nunca en el placentero deporte de intercambiar con sus parejas noticias sobre anteriores relaciones. Yo cometí el error de hacerlo, me mecí en la sucesión de amantes que se pasaron a mi amada como si fuera una antorcha
cuyo destino final fuera el pebetero que había cobrado mi forma, y cuántas pesadillas, cuánto vacío anegándome, cuánto dolor inútil y sin porqué procedente de días en los que yo no existía para ella.


Juan Bonilla.

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