El Testigo de Quiñones II


En la última entrada hice referencia a una obra de teatro de Quiñones, El Testigo. El viernes fuí a la representación teatral de la adaptación hecha por El Brujo y a pesar de ser un ferviente admirador de Quiñones, la "película" como raramente pasa es mejor que el relato que también es magnífico. Como está en Internet lo he copiado.


Relato “El testigo”, extraído del libro de Fernando Quiñones ‘Nos han dejado solos’ (Planeta, 1980):

¿Quién, Miguel Pantalón? ¿Y qué te han dicho de Miguel Pantalón, que era un encanto? A ti que no te líen.
¿Un encanto?: una mierda.
Y lo mismo te digo que, aunque él fuera como era (que yo lo sé cómo era), ese ha sido, en lo suyo, de lo mejor que ha habido aquí, eso desde luego. En lo suyo. Pero, ¿un encanto?...

A mí me pegó un día un revolcón, queriendo, que me dejó sin sitio un mes. Cualquiera sabe lo que te han dicho. Porque hablar se habla mucho, y del Pantalón más: la de esparpuchos y tonteras que llevo yo escuchaos sobre ese hombre... Y ahora no veas con lo de «El Ídolo», el disco ese que han hecho inspirao en él. Uno puso los otros días en el Diario hasta que era un encanto, la gente qué sabe... Ni los de ahora saben de los de entonces, con que, entre los embusteros y los que se tragan los embustes, te pintan un Miguel Pantalón o un quien-sea que no lo conoce ni la madre que lo parió. Pero a ti que no te trajinen ni te embarquen, tú no te dejes.
¿Sabes lo que pasa?... Que con u’ndividuo como él, con ese genio (porque aun siendo él quien fue, eso es lo que era él, un genio) siempre hay después mucho revuelo y muchas figuraciones y muchos cuentos, pero a mí que no me vengan con encanto ni encanto, que no había manera de tratarlo, ¡no la había, te lo digo yo! Eso sí: quitando a Enrique El Mellizo, que se fue en el año seis, ya aquí, ni Ignacio Espeleta ni Aurelio ni nadie. En lo suyo, nadie. Siguiriya y soleá. Y bulería. De ahí no había ya quien lo sacara. Y a qué iban a sacarlo con lo que son esos tres palos, ¿qué?
... No, discos creo que no hizo ninguno. No, no hizo. Si él no salió de aquí nunca... Además, que tenía mucha guasa: un patoso peleón. Y gracia como ahora dicen, yo con gracia no lo escuché más que una noche hablando de los virgos, y contrimás nos reíamos, más se mosqueaba y se picaba el Pantalón de que nos riéramos, como si nos estuviéramos riendo de él y no de lo que estaba contando. Aquello también estuvo a un pelo de terminar malamente, qué hombre más revirao, más despreciativo y más patoso, jú; Juanito Mojiganga tenía razón, decía que o estaba loco o era un resentío. Un resentío con el mundo entero y con él mismo, mitá y mitá, cualquiera sabe. Raro-raro. Verlo, y ya no caía bien. Pero amigo, los que estuvieron con ese hombre cuando él quería o cuando le salía, ya para esos era algo fuera de lo normá, ya era lo que es ahora y por eso se le aguantaban carros y carretas... Bueno, yo también. También le aguanté. Tela. Y eso que conmigo...
Acabó según el desarreglo que él llevaba y entonces, como acabó así, que se murió cantando, y con la fama de raro que tenía, ya fue también una figura del barrio y luego del cante de aquí, hasta de los que no llegaron a escucharlo, que era casi todo el mundo y hablan como si hubieran estado con él cuarenta veces.
Él sus reuniones, él de espectáculos nada.
A mí, y buscando dármelo, me dio una noche un revolcón en La Parra’la Bomba que me dejó sin sitio un mes, ni me encontraba yo luego el cante. Un mes. Y si te digo verdá, después medio me alegré de que pasara, como si me pasa con Manuel Torre o con El Melli. Porque qué arte. Cómo cantó el hijolagranputa. Y venía por mí, ¿sabes?, a hundirme, a dejarme así de chico, y si él no encuentra alguien a quien meterle el confonfio p’adentro, casi fijo que no le sale lo que le salió. Don Elías Piñero, el señor ese de la casa grande de la Alameda que murió en la Argentina después de la guerra, ese se partió la camisa, otros llorando, Miguel Borrú no podía ni seguir tocándole, esos lagrimones por la caja de la guitarra, y yo allí achantaíto, que don Elías a quien había mandado llamar era a mí, y al rato apareció por allí El Pantalón y se metió. Esa noche no hizo más que bulería y soleá, media hora poco más o menos y muy bien. Veinte-veinticinco minutos, muy bien. Los otros cinco, ya casi al final y con los ojos brillándole más abiertos que los de un loco, fue cuando le salió aquello, y luego muy bien otra vez pero ya nada más que muy bien. El corte de traje de soleá de aquí y de Jeré más puro que tú te figures, ese. Pero, cuando se le echaban a brillar los ojos, iba metiendo por medio, sin él salirse de compás, unos tercios y unas quejas las más bonitas del mundo, que él colocaba en ese momento y que ya hasta hoy. Porque los viejos, los antiguos, hacían luego por acordarse de lo que les había salido con su sello, pa no perderlo, claro, y él no, ni se acordaba ya ni le importaba, él era así.
Del Matadero, dos veces lo echaron. Estaba siempre desmayao y lo fueron echando de cuatro o seis sitios que le habían ido encontrando trabajo. Del Matadero no lo echaron porque mangara, allí mangaba todo el mundo y no echaban a nadie, sino por los desplantes y los prontos tan feos que tenía con los capataces y con la gente. Pero con el que fuera, ¿eh? A la hora de hacerle un feo a alguien, le daba lo mismo que el otro tuviera veinte millones de duros como si era un desgraciao o el capitán generá. Lo mismo. Otra noche en La Corona, también delante mía, le partió en su cara quinientas pesetas a un señor de las bodegas de Jeré que acababa de dárselas y que además no le había hecho ni le había dicho na el hombre. Con lo que eran quinientas pesetas de entonces, que eran ocho o nueve mil de hoy, y con las caninas que pasaba Miguel Pantalón. Bueno, pues ese billete, rrí, rrá, delante’la cara del hombre. El señor se fue echando chiribitas y Miguel ni miraba aquellos cachitos de papel por el suelo, con el viento entrando por abajo’la puerta, y todos nosotros allí con la vista en el enladrillao del suelo, hasta que dice Miguel: «¡Venga ahí! ¡Eso se pega y sirve!», y los cuatro que estábamos nos tiramos de boca. Y él, quieto.
Ahora: El Pantalón lo mismo andaba al otro día pidiéndole un duro a cualquiera, así que yo y Luis Vélez, cuando él se fue, les dijimos a los otros dos: «¿Pero esto cómo, si este dinero se lo habían dado a él y es suyo? Esto no hay derecho, y además que nos lo va a estar cobrando toda la vida». Estaba amaneciendo por la playa y Luis Vélez y yo les vimos a los otros dos en la cara con la primera luz del día (que estaba aquello lindo, como estaba antes Cadi, que era lindo), les vimos las pocas ganas que tenían de soltar ni una peseta, y es que aquellos dos veían al Pantalón mucho menos que nosotros y además eran dos marrajos siesos que no iban más que a lo suyo, uno de ellos un palmero que le decían El Teta. Entonces me puse yo en otro plan, que podía ponerme porque Luis Vélez era el que tenía los pedacitos del billete. Y digo: «En cuantito abran el Banco, vamos los cuatro y llevamos esto sin pegar y sin na, que nos lo cambien. Sesenta duros pa’l Pantalón, que se los doy yo y delante de ustedes si ustedes quieren, y diez duros cada uno de nosotros»: ¿estaba eso bien hecho o no? Luego me pasé a la tarde por la tienda La Habana y por El 606 a ver si encontraba al Pantalón. Fui con Paco El Corneta que era un poco más amigo suyo, nada más que un poco porque él amigos-amigos no tenía, quererlo no lo quería nadie, y estaba en El 606 y no veas lo que Paco el Corneta tuvo que rogarle y que porfiarle para que cogiera los sesenta duros. Y dice Miguel Pantalón: «Que se lo meta en el culo el dinero. El que lo dio. Los que lo cogieron, allá ellos». Encima, despreciativo, y Paco venga a porfiarle. Oye, y que no. Pero por fin lo convenció y yo me quedé más tranquilo, ¡se me quitó un peso de encima...!
Mu poquito después, tres o cuatro días después, fue cuando Miguel me pegó aquel revolcón en La Parra’la Bomba.

Sí, foto no saldría ninguna suya en el disco pero hay una por ahí y me parece que la tiene la madre de Andresito el de Melchó, aunque es de esas antiguas malas y además con mucha gente, no se ve bien a nadie en la bulla menos a Pastora y a Manuel Torre, que están alante. Es en la escalerilla de un barco y allí hay quince o veinte artistas, de una de las veces que llegó ella de América, que Pastora lo apreciaba bastante al Pantalón, le gustaba escucharlo, de eso hace cincuenta años o más; yo tengo setenta y nueve, así que...
Yo te voy a decir cómo era, no era ni feo ni guapo, una cara y un tipo corrientes y así negrucio, muy cerrao de color y con los pelos muy largos, eso sí, casi como los muchachos de ahora. Bueno, menos. Pero entonces era mucho pelo y eso también le daba ese aire de loco. Pero de cara y cuerpo, un hombre corriente. Lo antipático era cómo miraba y cómo hablaba, como si estuviera insultando siempre, y hasta cómo se movía, que andaba echándose un poquito de lao, un poco, como algunos bichos. Y la voz, la voz de cante era bonita pero, dicho en verdá, también era corrientita... ¿cómo era el eco, a ver?...: ... jmmmuayyy... Sí: un poco afillá y más bien corta: bueno, a lo justo. Pero cuando se le montaba el arte encima parecía que estaban cantando cinco, y que los cinco se habían puesto a hacerte disfrutar y a hacerte sufrir, eso hay que reconocerlo.
Claro que gitano, ¿pero eso cómo no lo vas tú a saber?... Y algunas veces se le olvidaban hasta las letras, se le olvidaban o cruzaba dos letras que no tenían nada que ver, o metía una palabra que no es y que ni pegaba, y como él estuviera en vena no se daba nadie ni cuenta de aquellas rebujinas y aquellas equivocaciones. Yo sí me daba cuenta, ¿no iba a dármela?, y de que eso es un mamarracho, ¡lo hiciera El Pantalón o la de Los Peines, que también le pasaba, o el mismo Silverio que lo hiciera! Ahora: si estaba en vena... Muchas veces ni las pronunciaba las palabras: ¿sabes lo que me dijo un día? Y aquel día no estaba él de mala. Me dijo: «Juan, si yo pudiera cantar siempre... Pero no puedo cantar nunca. Ni malamente. La gente se engaña conmigo, o la engaño yo, porque yo el cante no lo puedo hacer, verlo lo veo, es un bulto grande, un bulto de carne de colores sin ojos y sin manos y sin na pero vivo, grandísimo, llega hasta allí, hasta el faro y hasta arriba. Lo veo, pero no puedo hacerlo». Yo me quedé... Es que decía unas cosas... Ya me dirás eso del bulto y de la carne con colores. En La Caleta me lo dijo.
Y otro día que estaba perro la tomó con el pobre Antonio El Herrero, fíjate, con lo bueno que era Antonio y con lo bien que tocaba (y que cantaba, ¿eh?, eso sí que es raro, un tocaor que cante bien). Ea, pues El Pantalón la tomó con él en La Europa, una reunión con mucha gente, y le dice chillando: «Antonio, tú tocas lo que sea menester pero eres una mierda pinchá en un palo, estás tocando y no ves más que lo que tienes delante, por eso no me sigues ni te enteras, que si se te fueran las manos, eso da lo mismo. Pero es que no te enteras, joé. No ves más que la mesa, la gente, el compás de lo que se está haciendo (dime tú qué iba a ver el hombre, ¡si es que El Pantalón estaba loco!) y yo estoy en otras cosas, estoy en el bulto (le dice), estoy leyendo quince libros sin saber leer, veo sitios, estoy acostao con cuatro o seis mujeres, veo los muertos, veo to, y tú ves pues eso, tú al compás, a adornarte y a la tuyo, eres una mierda, Antonio: que cante otro». Y Antonio acojonaíto allí callao, con el genio fuerte que él tenía también de higos a brevas. ¿Pero quién habla algo después de eso, qué? O te callas o lo matas. Como cuando me dijo a mí que yo cantaba como una placa’gramófono, bien pero siempre igual. Y eso que él conmigo, dentro de lo que cabe...
La mujer, pobrecita, las que debió pasar con ese hombre. Así callada y delgaíta, de negro, una pavesa, se llamaba Manuela... Gitana también, sí. Iba muchas mañanas a La Flor Marina o venía a buscarlo por aquí por la plaza de Abastos, por La Cabra o El Cuco, se le ponía delante sin decirle ni pío, y él decía «toma», y le daba lo que tenía encima, y si no tenía nada le decía «LUEGO», así fuerte, «LUEGO». Y si ella seguía esperándose porque le hacía mucha falta, se lo decía más bajito otras dos veces. Nada más que eso: «luego, luego». Una vez, delante nuestra, le pasó la mano por la cara y parecía que era un bofetón, la caricia más torpe que tú te puedas calculá.

Lo de la taberna, aquello empezó después de una reunión que acabó él bien y estuvo hasta simpático, que eso de que él estuviera simpático no veas lo que era, eso era como ver un perro amarillo, y alguien habló con él, alguien que ya había hablado con otros señores de dinero y con un coroné de Artillería muy aficionao: total, que entre todos juntaron el dinero y le pusieron una tabernita a la vera del Arco, ahí entre el Arco y el circo de las peleas de gallos, que ya no existe, una cosita para que él se defendiera. Pero mejor que muchas de las que había entonces.
Había tres botas de vino de Chiclana, pero vino bueno, como todo lo de antes, y le compraron o le regalaron tres jamones grandes para las tapas y le pusieron a la taberna «Er Pantalón». Con la erre, «ER Pantalón», pero sin decirlo: «ER», y luego un pantalón pintao así a lo largo en lugar del letrero, o sea, que se leía «Er Pantalón». Se abrió un miércoles por la tarde a las ocho o las nueve, y había que dar la copa que se da, bueno, que se daba antes cuando se estrenaba una tienda. Así que se abrió aquello y la gente fue a tomarse su copita de balde, los amigos y eso. La taberna era chica; abajo, no: había una escalera estrecha y abajo un cuarto grande, yo creo que como una parte de las murallas antiguas, con unas piedras cuadrás pero grandes-grandes, y allí pusieron unas mesas y unos bancos para las reuniones. El Pantalón abrió el miércoles, cerró a las doce o a la una de la noche con la gente dentro y ya no abrió hasta el domingo por la mañana menos a los que querían irse; bueno, unos venían y otros se iban: o sea, ya no abrió hasta que no se terminaron el vino y los jamones, pero pagar no pagaron más que unos pocos y Miguel ni se enteraba, él decía: «el que quiera dejar algo, que lo ponga ahí encima». Así que cerró y aquello ya no se abrió más en la vida, y encima debía El Pantalón noventa y tantos duros, pero, verlo a gusto, yo no lo vi nunca más tranquilo ni más a gusto tanto tiempo seguido. Estuvo por allí, aquellos días con sus noches, como si fuera el rey del mundo, y cantó largo una vez o dos y bien siempre, y todo el tiempo en la parte de abajo: yo creo que no subió ni para oriná. Y uno de los señores que había ayudao a poner aquello, se lo encontró luego un día por la calle y le dice:
—Miguel, ¿qué pasó, hombre? ¿Después que te dimos esa oportunidá...?
Y él contestó otra vez medio malamente, dijo:
—A quién se le ocurre.
El letrero de la tienda con el pantalón lo tuvo luego en su casa muchos años un buen aficionao de aquí de Cadi, don José Grozo el médico.

Pero la gente lo perdonaba siempre, y con los perdones-los perdones se iba p’arriba y se la jugaba al que fuera por un duro. O por una peseta. Porque hizo también cosas feas, ¿sabes? Muy malamente hechas. A mí, unas pocas, y eso que él conmigo... Parecía que le gustaba revolcarse no en el capote que huele a carne, como el del cante de romera, sino en la mala leche y en la miseria y en la necesidá, oye, y en las de los demás, y que cuando le cogía el cante se vengaba y se lavaba de todo con el cante. Pero con esa manera de ser no salió adelante, cómo iba a salir. Si no, millonario. Vaya, millonario no, pero figura y vivir del arte, eso sí, como muchos de ahora con los Festivales y los discos y todas estas cosas de ahora. ¡Si es que la gente estaba deseando llamarlo...! No lo llamaban porque le temían: dos copas y ya: lo mismo podía darle un botellazo a cualquiera que ponerse el más insultante del mundo.
Fíjate que cuando don Manuel de Falla, que en paz descanse y que tú sabes que era de aquí de Cadi, le escribió una carta el año veintidó a un amigo suyo de aquí con mucho dinero, el señor Beardo, a que buscara artistas de Cadi que fueran a cantar a Granada, el señor Beardo hizo una cosa en Santa Cecilia, que ahí no hubo nunca ni ha vuelto a haber flamenco, en el Conservatorio’la Música que ahora lo han puesto en el Callejón del Tinte y que antes estaba en la calle Benjumeda. Pues ahí llevó el señor Beardo a los hijos del Melli, a Antonio y al Morsilla, con El Pollo de tocaor, y le arregló a Miguel, a él solo, otro recital de cante en otro sitio, pero otro sitio fino también, y decía el señor Beardo: «tengo que jugármela, con ese me la tengo que jugar», porque él ya sabía quién era Miguel Pantalón, él lo sabía, quería llevarlo por lo buen artista, pero sabía quién era y otros también le habían dicho que no lo llevara porque iba a dar un disgusto grande.
Y’fectivamente, aparece Miguel una hora más tarde de la hora, con cuatro copas y una cara malísima, se sube allí y había mucha gente; ya había terminao hacía un rato grande el señor que daba la charla primero, y la gente esperando allí, y por fin aparece El Pantalón en ese plan. El tocaor, Moyana, había ido engañao; el señor, Beardo, aposta, no le había dicho que tenía que tocarle al Pantalón, así que en cuanto lo vio, y vio además cómo venía, Moyana cogió la guitarra, salió corriendo por atrás y se fue, él ya lo conocía también. Allí había muchísima gente, monjitas y todo, y el señor Beardo había mandado que pusieran encima de la mesa una botella’vino con dos cristales para los artistas, y Miguel Pantalón se sube, coge la botella y empieza a regarla encima la mesa mirando a la gente, el vino chorreando por toda la mesa y por el suelo, y luego dice muy fuerte: «¡Aquí no hay quien sepa un carajo de cante!».
Sin el Moyana ya estaba aquello echado a perder, pero claro, desde ese momento fue cuando ya la cagó, ya la gente asustá con lo que hacía El Pantalón y con lo que dijo, mirando él malamente desde arriba a unos y a otros, a los de las primeras filas, y como no había guitarra hizo dos martinetes, la única vez que yo le he escuchao ese palo, y de pronto le hablaba a la gente como si le estuviera pegando, a este o a la de más allá, que desde el fondo ni se oía lo que decía pero con una mala educación y una cara mala, en plan insultante. Y luego cantó por bulerías a su son, haciéndose él las palmas sordas y dando con el puño en la mesa. Y decía de ese compás que se estaba él haciendo, se miraba el puño y decía: «guitarra pa qué, si esto es un órgano»; pero en esto ya se había ido casi todo el público, quejándose la gente tela al señor Beardo que estaba con una media congestión, figúrate cómo estaba. ¡Bueno pues otro día lo llamó otra vez pa otra cosa!
Y él podía haberse ido con dos compañías buenas... ¿cómo buenas?: una, Las calles de Cadi, la de La Argentinita y el poeta Garcías’Lorca, el de «Yo me la llevé pa’l río», que luego lo afusilaron en la guerra. Al Pantalón lo escuchó una noche Garcías’Lorca en La Corona, que estuvo allí con un torero y con otros amigos suyos y gente de aquí (yo no estaba, yo estaba en La Isla), y Miguel cantó bien, y cantó Manolo Vargas, y creo que Garcías’Lorca ni medio se enteró y que los de la reunión se quedaron luego un poco desconcertaos porque se vio claro que ese muchacho no sabía de cante tanto como se creía y se dice que él sabía, y en mitá de un cante se ponía de pronto, o to trincao por el arte o a charlar bajito con el que tenía más cerca, y de cachondeo y a reírse, eso cómo va a ser, con lo bonito que escribió del duende y del flamenco. Pero eso es fuera aparte; el caso es que a Miguel Pantalón, después de aquella noche, lo avisaron para irse con Las calles de Cadi y acabó yéndose pero luego, ya con la Piquer la compañía, que también se llevaron de aquí a Ignacio, a Juan El Quemao y a Pericón y a dos más, y hasta les daba lo mismo que El Pantalón cantara bien una noche y regulá cuarenta, porque no tenía que hacer más que un poquito por bulería y otro poco por alegrías, que haciéndolas nada más que bien, sin tomárselo a pecho y con el compás en su sitio y dos pellizcos que le metiera, ya estaba él de la parte’afuera y ganando un dinero. Duró cuatro días. No llegó ni a Sevilla y dijo que por alegrías no y que por qué no iban a dejarlo hacer siguiriya y soleá, que uno de esos dos palos tenía que hacerlo él en cada función y que por alegrías no; para mí que en el fondo lo que estaba era deseando irse, porque como El Pantalón no tenía ataero ni por el pescuezo y Las calles de Cadi era una comedia del teatro, que había que ajustarse al papel y a los cantes que le tocaran a cada uno, pues adiós, él era así. Y luego a pedir dos duros o a mangar un poco de carne, él era así.

¿Cómo que explicarte su cante, lo explica alguien eso?: ni el suyo ni el mío ni el de nadie. Pero el de él, menos. Te he dicho que tenía el corte, clavao, de aquí y de Jeré y los Puertos. Pero con eso no te estoy diciendo ni gorda, y tú cómo me vas a preguntar una cosa así; si me lo pregunta un inglés o uno de Estocormo, bueno, ¿pero tú?
También te dije que algunas veces daba igual si trasconejaba las letras o si no se le escuchaba la mitá, que eso está horroroso y le pasaba mucho. Pero verás: una cosa era cuando él cantaba bien, o mal, pero cantaba lo que sabía, ¿estamos?, lo que se sabe; y otra cosa muy diferente cuando le venía su cante, aquello que le brillaban y se le saltaban los ojos y que no duraba mucho tiempo: como que yo creo que todo lo demás lo hacía El Pantalón buscando eso sin darse ni cuenta y queriendo él meterse en lo otro. Disfrutaba con la parte de la sabiduría del cante, a ver si me explico: le gustaba, disfrutaba con lo que es saber cantar, y eso se notaba porque veías que se le salía un momentito una sonrisa de agrado como los que tocan el piano de Betoben y de esa gente, como un niño chico, recreándose él en los cantes de los antiguos, del Melli, de Curro Dulce y Paco La Luz, de María Borrico, de Tomás El Nitri, todos aquellos. Pero lo suyo y lo raro era cuando tú te dabas cuenta de que ya no estaba en eso ni sabía lo que estaba haciendo, y cómo barajaba entonces la pena y aquella rabia, muchas veces las dos juntas, que eso es muy difícil, ¡¿ESO?!, y siempre con mucha música, pero muchísima, y con las cosas que él se inventaba. En la música, en la toná. Porque en las letras no, él no hacía más que las cuatro o las seis docenas de letras que hacemos todos, y algunas ni se las sabía: de verdá. Los inventos suyos, lo de él, iba en la música, y una noche que le cogió bien, eso fue en La Privadilla, por poco si no le arregla la plana hasta al Ciego’la Peña, el viejo, que llevaba cien años muerto y El Pantalón no podía tragarlo y decía que era regulá, ¡Fíjate tú, regulá ese cante!, todo porque a él no le alcanzaba la voz a la siguiriya del Ciego’la Peña. Y otra cosa que le escuché tres o cuatro veces, pero sin hacerla nunca igual, era esperarse en un tercio y dejar la voz como colgando, sin echarle teatro, y luego cogía otra vez el compás a lo justo, de un hachazo que no fallaba. Otras veces, ah, eso muchas, apagaba tanto la voz que llegaba a callarse, pero lo que se dice callarse, y eso era un silencio más relleno de música que to lo de antes y lo de después, como si dejara un sitio en el cante para que los demás pusieran ahí lo que cada uno quisiera poner, o como si él dijera sin decirlo: «No sigo porque ya no me cabe». Y, como no era más que un momento, se quedaba uno loco; si esos momentos llegan a ser más largos, un pelo más, se corta la mayonesa. Pero era a lo justo y ni yo ni mucha gente ha escuchado en el cante más cosas que cuando Miguel Pantalón se callaba y hacía esos parones, que no los hacía siempre, qué va. A mí era como si me tirara suavito de las costillas con una soga el hijoputa, suavito pero que no había quien parara la soga. Como te lo estoy diciendo.

Fíjate un hombre con esa cosa, cantando, cuando le cogía bien, mejor que Jesucristo en el Huerto, valiendo él tanto, y tan despreciativo y tan loco, qué lástima. De pronto era una alegría y hasta contaba un chiste aunque, para eso, Ignacio, Miguel no tenía gracia para eso. Pero tristón mucho más tiempo, y cabreao casi siempre. Si hoy viviera sería igual, un frascaso.
Me acuerdo que una mañana fue en busca suya un muchacho muy bien trajeao, de parte de un señor de la calle Ancha que iba a hacer el domingo un despesque en una salina, y quería que él fuera a cantar. El Pantalón estaba ahí en El Cuco. Estaba en El Cuco y medio hablando solo, eso le pasaba mucho también, allí sólo al fondo-fondo, sentado en una silla sin mesa y sin nada a la vera de los retretes, serían las once-las doce’la mañana. Llega aquel muchacho, flaquito y con mucha corbata y mucha brillantina, y empieza a entrarle al Pantalón con el encargo, y el otro estaba de mala o le cayó mal el muchacho o qué sé yo. Al minuto lo tenía trincao por la corbata, que si le da otro jalón se la arranca de cuajo. Le suelta la corbata, se sopla la palma’la mano y se sacude la mano como si la tuviera sucia. El otro se fue con la cara blanca y sin haberle podido hablar de lo que le iba a hablar, y allí tenía El Pantalón quinientas o mil o las que fueran. Y aquella misma noche por poco mata a uno, que estaba tan desmayao como él, por una porfia de tres o cuatro duros, fíjate el encanto.

Otra vez había una ópera italiana en el Falla, y él se coló por atrás, entérate de esto, y en medio’la función de la ópera, por la parte de los camerinos, se lía El Pantalón por siguiriya que se escuchaba hasta en el gallinero el eco de los bocinazos y los lamentos, y los cantantes de la ópera descompuestitos, uh Dios mío de mi alma, dos se quedaron un momento hasta callaos, y la triple llorando luego, y Miguel cantando como una fiera, de medido y de alto:si no se lo llevan por la fuerza a la calle Sacramento, por la parte de atrás, ese sale al escenario, que ya le faltaba poco. Y mientras lo sacaban aguantao, cada uno por un brazo, él cantando por siguiriya cada vez más fuerte, «Eran dos días» y «Soltaron los cabos del muelle al vapó», que ahora la hace Mairena, pero date tú cuenta la que formó El Pantalón en una cosa de ópera, con el gobernadó y con to el mundo allí.
Así que no podía verlo nadie y con to y con eso lo buscaban:él mismo era su ruina, tenía el sangui ese de ser tan antipático y tan atravesao, que algunas veces me daba una rabia de odiarlo (casi siempre, a qué te voy a decir otra cosa) y de pronto me daba lástima, y otras veces las dos cosas juntas como él las colocaba en su cante cuando le cogía, que no hacía más que abrir la boca y quejarse y ya iba allí media hora del cante de otro.

Bueno... y cantar solo por la calle con vino o sin él, eso miles de veces. Por allí por atrás de Santa María, y de pronto saetas en Navidá o en el mes de agosto como si fuera la Semana Santa, date cuenta, o se iba a cantar de noche por La Caleta, eso lo hacía después de la guerra, y, si estaba la marea vacía, por las piedras, por fuera del castillo Santa Catalina que estaba así de presos de la guerra, como a cantarle a los presos. Loco: a pique que le hubieran dado un tiro o cualquier cosa. Lo que es que ya los centinelas no le hacían ni caso.
Ah sí, lo de los virgos. Ahí sí tuvo gracia, ¿ves?, y sin él saberlo que la tenía, que así vale más. Pero cómo se cabreó porque nos reíamos y por poco acaba mal la cosa, pues lo de siempre: un metepata.
Aquello fue en la tienda La Escalerilla, que toda la esquina esa acaba de caerse porque es que las dejan caerse pa trincar por los solares, levantar a lo que salga haciendo cualquier mamarracho en lugar de lo que había y que esto se parezca ya a Charlestón, a cualquier cosa menos a Cadi. Lo de los virgos es que, claro, tú te estás riendo, estás a gusto, y de golpe te ves medio insultao sin estar tú ofendiendo, te insulta El Pantalón o el que sea, y si ese cambio de humó te coge malamente puede pasar cualquier cosa; menos mal que lo arreglamos. Se estaba hablando del virgo en un reservao, que estábamos allí diez o doce, y de los remiendos y las cosas que se hacen con los virgos. Miguel no hablaba casi nunca pero esa noche fue ladeando-ladeando la cabeza, escuchando y diciendo que no con la cabeza, hasta que se echó a hablar. De malhumó como siempre pero contó esto, contó que en La Isla, siendo joven él, hubo una fiesta en una casa gitana y él se encontró allí con una gitanita preciosa, y los dos a morder, y uno llega y le dice:
—Déjala, Miguel, vete si hace falta pero déjala, que tiene ya el compromiso y va a casarse y es mocita, y te van a pegar un pinchazo o vas a tener un disgusto, déjala.
Y Miguel:
Contrimás me lo decían, más ganas, y ella igual: que quedé con ella y me la llevé a un sitio. ¿Mocita? Tenía ya el virgo en el gañote. Y me alegré. Porque hay que ver el trabajo que tiene quitar un virgo: hay que ver, hay que ver la tontera del virgo y los dinerales que se dan por un virgo, los reyes y los sultanes y to el mundo. Con lo incomodísimo que es el virgo: yo no he quitao más que el de Manuela y fueron dos noches rempujando, a pique de quedarme cojo que no me quiero ni acordá.
De manera que, como además lo decía tan de verdá y tan convencido, pues los demás riéndonos a gusto jajá jajá, y él se puso imposible. Claro, es que también nos cogió a todos de sorpresa porque El Pantalón no tenía que haber hablado como habló, eso no iba conforme con él ni con lo de entonces porque en su misma familia creo que un hermano de él, de la calle Pasquín, medio mató a una sobrina suya por lo del virgo, no era como con las niñas de ahora, que ya con trece y con catorce años cogen y se hacen unos zarcillos con el virgo. Lo que es que estaba chalao, por eso hacía y decía esas cosas que ni pegaban ni llegaban. Pero de pronto decía algo que te ponía a cavilar. Si es que era muy raro en todo, no sé... La de veces que me habré puesto yo a darle vueltas cómo era ese hombre... Me parecía a mí como más antiguo que la época en que él vivió, que era la mía, ojalá pudiera yo explicarme... como si fuera otra gente más antigua aunque también fuera él de mi tiempo, a lo mejor por eso estaba medio majara. Ocho o diez años más que yo tendría y siempre estaba igual, otra cosa rara de él, joven yo creo que no lo vio nadie nunca, ni ir para viejo tampoco, eso tampoco. Siempre igual, como los chinitos. Así que viejo no era más viejo sino más antiguo, otra cosa, y como un salvaje. Fíjate, a mí me parece que dentro de él no había lugá más que para el cante y aparte de eso no había na, lo mismo que una cántara antigua de esas bastas y feas, que no sirven más que para conservar un licó divino y que si lo quitas de ahí se pierde, y luego la cántara la tienes que tirar porque la cántara no es nada, no es más que un estorbo.
Y si en aquel Cadi estaba ya él sin sitio, qué sería hoy de Miguel Pantalón, calcúlate tú, porque ¿qué es lo que va quedando de aquello?... Yo conozco a gente joven que sienten como lo que son, como jóvenes, y les gustan sus músicos de las melenas y sus cosas, pero les gusta también el sello ese de lo antiguo, de lo nuestro de aquí, y algunas veces lo buscan hasta sin hacerse ellos cargo, buscan cuando esto era otra cosa, ponle de quince-veinte años p’atrás. Las tabernas de cante, cualquiera valía, los coches de caballos, los reservaítos, esos tabancos, esas palmas y esos bailes donde fuera, en la esquina que menos te pensaras y a cualquier hora de la noche o del día. O hasta sin el flamenco: los ambientitos de aquí por las casas, en las calles, las conversaciones cuando hablaba la gente y no los motores ni las sinfonolas; con la radio y cuatro cines había más que de sobra, hombre, y uno iba tan tranquilo por ahí viendo lo de uno, no ahora que tiran el sabor para coger dinero y para que los coches pasen, o echan a perder La Caleta: algunas veces no sé si era hasta mejó la necesidá, siendo tan mala. Pero esto era esto. Bueno, eso sí: hambre hay menos y, en el flamenco, más libros y más discos y charlas y festivales y más cosas sobre el flamenco, eso, como hoy nunca, te lo digo yo. Y muchos artistas jóvenes que valen. Muchos. Aunque la mayoría, es naturá, como están siempre con cien duros en el bolsillo y como no mamaron ese ambiente en que el cante se criaba, lo hacen bien pero no les duele a ellos mismos, yo lo noto. Y además, se van en cuanto ven que valen. Ahora: hay muchos que valen, muchos. Pero el flamenco se termina, ya se acabó su ambiente, el suyo. Me contaba a mí mi padre que cuando sonó aquí en Cadi la primera sirena pa’l trabajo, que fue la de la Fábrica del Tabaco, se murieron del corazón unos pocos, del sobresalto mismo y de lo que aquello llevaba abajo de currelo. Y ahora se trabaja aquí como en Bilbao o como en Barcelona, lo mismo, a mí que me dejen de tonteras, y además a ver qué hace aquella gente sin los andaluces en sus fábricas y en sus cosas. Y aquí, los paraos. Pero el flamenco yo no sé si va a seguir... Antes es que todo era otra cosa, todo, tampoco había dónde meterse y la gente se aburría y no había más que el flamenco y la conversación y las reunioncitas y tres cabarés, lo demás nada, te hablo de antiguamente: venía al Teatro una compañía de cuando en cuando, unos toros... Ahora la tele, el furbo, los furbolines, yo qué sé, las maquinitas con las bolitas y las luces, las sinfonolas... Un Miguel Pantalón, a ver dónde calza hoy día un Miguel Pantalón, a ver qué hacía ese hombre en medio de los coches que no caben, que ni se puede andar por la calle, ¡ni se puede andar por la calle!, y todo este jaleo, si ni yo me hallo, y eso que a mí no me falta y me ajusto a lo que sea. Pero él no se ajustaba. Él no. Mira: lo mismo que hay genios de la riqueza, él era un genio de los pobres, igual, y ya te he dicho que me sonaba a gente de hacía mucho más tiempo, pero de mucho más, que también podía venirle de eso la mala leche: una persona con esas cosas antiguas dentro y ese arte dentro, que a lo mejor eso era el bulto aquel tan grande que él decía, todas esas cosas juntas y luego ni para comer, sin saber leer ni escribir y sin una peseta: amargao. Lo mismo, con toda su mala leche y con todo, nace en la plaza Mina y en una casa bien, y es Falla, y si Falla nace en el barrio Santa María o en La Viña, es El Pantalón. Como le pasó a Enrique El Mellizo, igualito.
Tú hazme caso a mí, que te estoy diciendo tal como él fue pa que no te embarquen. Lo bueno y lo malo. Ya ves: que tenías que irte-que tenías que irte y venga a apuntar, claro, es lo tuyo. Pero ya a ver si acabamos. Yo ya también me tengo que ir yendo...
Y ahora van y le dedican al Pantalón ese disco, «El Ídolo», qué ángel tiene eso. Me figuro la fábrica de los discos en Madrí o en Barcelona con un montón de coches en la puerta. Me figuro el disco por las tiendas, el dinero, tome usté la vuelta, el disco por la radio aquí y allí, el de las letras del disco trincando cuarenta mil duros por las letras suyas y por las músicas del flamenco que inventaron los antiguos, que muchos estaban hasta pidiendo limosna por la calle. Y ahora van y forman todo eso con Miguel Pantalón... «El Ídolo», qué gracia. Y el ídolo hablando solo en El Cuco, allí en lo oscuro junto a la puerta’los retretes y canino, con aquella mala cara y aquel traje que llevó toda la vida, como un crudillo a rayitas negras finas, que Luis Vélez creía que era de una pieza de las que quedaron de la guerra’Cuba, y que ya estaba tan por igual de viejo y de roñilla que ni se notaba. El ídolo...
Se murió en una caseta de la Feria’l Puerto, de las de cañizo y por la tarde.
Allí estaba media gitanería de la calle Lechería y de la calle La Rosa, que estaban hartos de él pero esperándole el cante como siempre. Juan El de Alonso, que estaba, fue el que me lo contó bien, Juan estaba con Manuel Picaleto el Viejo, y luego me lo contó José El Negro, El Negro del Puerto. El Pantalón se había tomado unas pocas y lo apoyaron en la paré de cañizo a que durmiera el vino; que esa era otra suya, se quedaba dormido donde fuera o a la hora que fuera, con vino o sin él. Se despertó y se lió otra vez a hablar de los soldaos, venga con los soldaos y con los cañones, por ahí le daba mucho, las cosas de él, y de pronto pidió la guitarra al dos. Había mucha bulla fuera. Y, dentro también, ya sabes tú lo que es cualquier feria por aquí abajo. Una bulla como para no cantar. Pero él cantó y se tragó la bulla, acabó con ella: ya no armó jaleo nadie por allí cerca. Cantó un rato por bulerías, sin forzarse, que bailó Juan Farina, entonces era un chiquillo así de chico, y también se dio su vueltecita Paco Laberinto, el de Jeré, que bailaba pa rabiar. Y luego El Pantalón entró fuerte por siguiriya. Sin una paraíta, nada, menos que estuvo él un rato escuchando la guitarra, que le tocó el chiquillo de Chaves y El Pantalón se ponía la mano en la oreja y agachaba la cabeza con la mano en la oreja como si no lo escuchara bien, y lo tenía al lao: esa mano en la oreja y mirando-mirando fijo pa’l agujero de la guitarra. Luego se quejó dos veces y empezó. No hizo más que tres o cuatro cantes, pero al acabar el primero ya se le pusieron los ojos así como se le ponían a él, y cantó como cuando me pegó el revolcón. O mejor. Una de las siguiriyas que hizo fue «La camisa en mi cuerpo», que Agustín El Melu, llorando bajito encima l’hombro de ese poeta de Puerto Reá, don Juan Antonio Campusano, le pegó un bocao fuerte en el hombro, y en aquel momento casi ni se dio cuenta don Juan Antonio Campusano con el cante del Pantalón. Y la última siguiriya se la inventó casi entera y sin letra, na más que quejándose, y de pronto le metía una voz de un poder que ya ni parecía la de él, me dijo El Negro. Y ahí se quedó. En lo suyo. Parecía que se había dormido otra vez como él se dormía, de golpe como si le hubieran dao un porrazo, así que volvieron a colocarlo contra la paré, esa vez muy despacito, como quien mueve una image. Al principio, seguro que estaba durmiendo; hasta roncaba. Un ratillo después y se fue echando él solo en la mesa, así aplomao, y de ahí se fue resbalando-resbalando, primero al banco, que eran unas mesas largas de pino con bancas de pino de las de antes, y luego al suelo. Allí lo dejaron tranquilo a la sombrita, y cuando iban a irse, ya de noche, fue cuando se dieron cuenta de que Miguel Pantalón se había muerto.
En una mano, fuerte-fuerte que luego no había quien se la abriera, tenía un puñao de tierra de allí del suelo como el que aprieta el diamante de la India.
Las cosas de él.

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