El agente provocador de Pere Gimferrer

El agente provocador

¿Provocación? Si el texto mismo es un agente provocador y ha de actuar provocando reacciones catalizando, cristalizando, y quizá también reventando, haciendo estallar: centella y polvorín—, no puede elegir, en mí mismo, un momento cualquiera, neutro, indefinido, un material en letargo (la época de la infancia, bajo el ahogo de clueca de la incubadora familiar), ni tampoco un momento de estupefacción y de impostura (los años mudos y terribles del despertar adolescente), ni siquiera un momento de crisis, de miedos, de saltos en el vacío y de incertidumbre (la primera juventud, áspera, hecha de impulsos y de retracciones y de retractaciones); ha de elegir, por la ley de la atracción de los semejantes, el momento en que un electivo agente provocador irrumpe en mi vida, por el azar fortuito (por el azar objetivo), como una materialización del tema surrealista del encuentro.

¿Provocadora? ¿Provocatriz? No «una mujer provocadora,: eso se podía decir, lo podían decir las señoras, en la oscuridad ávida de los cines de barrio, ante las muchachas enfundadas, como serpientes de esmeralda y vino, en vestidos de seda ajustados, crujientes, de colores chillones: en la palidez yerta de la pantalla, o bien, como si fuesen una prolongación de ella, en el pandemónium de harén de las barras americanas, otra forma de espectáculo; o, incluso —y eso va te aproxima más, pese a todo—, también era una «mujer provocadora» la mujer emancipada, la que hacía un reto de su insolencia, de su belleza, de su elegancia y de su libertad, suprema, alta Y risueña —o también demasiado sincera, demasiado vehemente: la Nastasia Filíppovna de El idiota—, exaltada unas veces y otras soñadora, obscena o elegante, cordial o altiva; sí,
también de esta mujer (y ésta sí que se te parece) podríamos decir que era una mujer provocadora, pero no lo es propiamente: no es una mujer provocadora (provocadora como adjetivo), sino, más exactamente, una provocadora (sustantivo), es decir, provocadora de la misma manera que lo es un agente provocador, agente provocador en ella misma, también en eso idéntica a Nastasia Filíppovna, la imprevisible y en exceso generosa, la que muere de tanto como vive, la que se da y se inmola y se agota en un puro impulso de vivir
excesivo; agente provocador, es decir, una provocadora como lema y definición, casi como oficio, porque, de todas las constantes de mi vida, Maria Rosa, es ésta la unís firme, y quizá la única inalterable: provocadora en los años de adolescencia, cuando dabas conciertos de piano en el Palau de la Música y en las casas acaudaladas (y aún ahora, con Joaquim Gomis, cenando, se te acerca Joan Miró y recuerda aquella tarde que tú has olvidado, sentada al piano ante su propia pintura mural); provocadora después, con tu huida a París, y es un mundo lejano, ruidoso y dorado como el paso de un tranvía de oro relampagueante, el mundo que yo vislumbré, veinte años después, cuando, detrás del Palais-Royal —en el mismo hôtel particulier en el que vivía Colette, y día a día tú la podías ver desde el jardín o desde tu habitación por un ventanal—, tú subiste a casa de Pierre Schaeffer, y yo me quedé —porque no creía que me fuera lícito el entrar yo también— tomando una Vittel en el bar de la esquina, después de haberte dicho adiós en el rellano de abajo—
donde, sorprendentemente, vi el rótulo que indicaba que allí estaba la redacción de los Cahiers du Cinéma, convertidos entonces (1973) en un núcleo de gauchisme y de estructuralismo, es decir, sin gran cosa que ver con la revista que yo había leído en los años sesenta, pero, pese a todo, irreductiblemente mítica, la misma revista, otro avatar de la misma revista—; y la tarde de noviembre era muy clara, extrañamente tranquila; pasaba muy poca gente por la calle, todo estaba tranquilo, y yo pensaba que quizá no volverías a bajar, que
quizá tu antigua existencia de París recobraría sus derechos sobre ti, y te reclamaría; el pensamiento desgarraba mi vida en dos mitades, pero yo lo seguía con una especie de terrible calma, porque (del
mismo modo que no estaría dispuesto a ceder el paso a otra persona cualquiera, aunque eso me obligara a representar el papel ingrato y desairado del celoso) no me consideraba, en cambio, con ningún tipo
de derecho para interponerme entre tú y tu pasado parisino, de modo que iba va imaginando que tendría que callarme, ir a acabar la tarde en el cinc de al lado del hotel, y después hacer las maletas (o, mas
exactamente, mi maleta; la otra quizá tuviera que enviarla a la casa del Palais-Royal) y volver solo a Barcelona; pero va estabas aquí, ya bajabas; volvíamos al hotel. Provocadora, lejana provocadora
parisina, todas las tardes en la Cinemateca de la rue de Ulm o trabajando en el ateller de musique concrète— en una pieza grabada en disco, Orphée, estaba registrada (por indicación de Maurice Bejart, que era el productor) tu risa nítida—, todas las noches durmiendo con Pierre Henry en la oscuridad de un garaje—el garaje adonde, con cuero y con linternas, vinieron los policías, los flics, para sorprenderos en flagrante adulterio, acto de trámite en la demanda de divorcio de su mujer; el garaje en el que, una tarde, por
Navidad, os fue a ver Edgar Varèse, y tú lo acompañaste por todo París, hasta que encontrasteis la única castañera de la ciudad—; provocadora parisina, yendo con Boris Vian (y supiste por mí que
había muerto de muerte fulminante, y es el único hombre de quien nunca quisiste contarme nada de nada, obligada —más allá de la muerte, por una especie de extraña fidelidad póstuma— por un juramento —un serment— de silencio recíproco que presidió vuestra separación), errantes los dos, heridos los dos de ternura, en las tinieblas de las cavas de jazz, quizá los dos —porque el silencio manda en todo, y la presencia de Vian es escamoteada siempre que puedes en nombre del pacto de silencio— en aquella cena lejanísima
con Peter Ustinov, sarcástico, exuberante y mundano como un sátrapa, en casa de Marina Vlady; provocadora entre bastidores, en un silencio pesado de coulisses, siguiendo día a día los ensayos de
Ingmar Bergman, director del teatro Sarah Bernhardt, un nórdico que empezaba a tener éxito en París, delgado, nervioso, serio; provocadora, rompiendo de pronto con todo, embarcándote hacia Japón —y para interpretar Debussy— con una troupe de ballet—con Antonio Gades en la misma compañía, y ahora hace un año, en Barcelona, en el restaurante Amaya, nos encontramos con Antonio Cactus, y aún recuerda de memoria un poema tuyo; tiene el manuscrito en su casa, prometió que lo buscaría—; provocadora,
porque —en Ceylán, en Hong Kong, en Osaka, en Saigón— por la noche, como en una novela del siglo pasado, el capitán, mandando al centinela que se fuera, te recibía en su cabina, un amor con los días
contados, sesenta y seis exactamente, ida y vuelta de Marsella a Yokohama, y es el amor que más recuerdas.

Provocadora, con la sonoridad redonda, clara y definitiva de esta palabra, que evoca la de procaz e incluso la de prostituta: sonidos plenos, graves, con la majestad secreta de un cuerpo que repta se ofrece: provocadora procaz en el teatro cerrado de nuestro piso, oscuro en pleno día, cerradas las persianas del balcón, encendidas las lámparas: provocadora procaz que cerrara para mí el mundo visible y me abrirá el teatro de las ceremonias del cuerpo, y ahora eres la pupila de un burdel marsellés, untuoso bajo el gas de los faroles encendidos, hollín y carbón y negror de humo: el templo y el altar de la provocación: provocadora,
o quizá más bien provocatriz, como decimos meretriz, nombre latino, alto y sonoro y altivo e imperial, nombre de diosa o de sacerdotisa; provocadora, y quizá aún mejor provocatriz, como decimos emperatriz. Porque es tuvo el imperio. Has dejado al lado del tocadiscos el vaso de whisky —siempre la misma medida, uno tras otro, momento a momento— y escuchas siempre los mismos compases del mismo disco. Las fases son invariablemente idénticas.

Todo empieza con una dulzura serena e imperceptible: el primer vaso, el segundo vaso —nunca es un vaso, sino siempre un fondo de vaso, como si dijéramos una chispita—, pero va las persianas están bajadas, ya has encendido la lámpara de pie, o quizá la de pantalla roja; llevas babuchas doradas y un pijama de seda floreada, amplio como el de una favorita otomana salida del serrallo cálido y lujoso del Bajazet de Racine; y el clima de la habitación tiene la dulzura amodorrante del serrallo, visto, no como un lugar particularmente
lujoso, sino como un espacio cerrado de embriaguez; el tiempo, aquí, tiene sólo un ciclo; la segunda fase es eufórica, una claridad como el reflejo de un espejo en los ojos; la tercera Fase es hilaridad y provocación, ahora eres más que nunca, de súbito, la prostituta marsellesa y al mismo tiempo la emperatriz, lasciva y suntuosa bajo un pabellón de seda; provocadora, provocatriz; pero después viene el silencio, el desasosiego se retira, te has sentado en el pouf— o en el suelo, al lado del tocadiscos— en una oscuridad casi completa, las piernas cruzadas, la cabeza baja; el vaso está en el suelo, no lo miras, parece como si no lo vieras, sólo de vez en cuando, a intervalos regulares, tu mano —con la precisión de un resorte mecánico y con la sequedad y la certeza ciega y secreta del animal que se mueve en la noche o del alga bajo el mar— llega, lo coge, lo
vacías de un trago seco, rápido y brusco; ahora todo se ha oscurecido; has ido a ocultarte, a recogerte en el último reducto de tu soledad, porque el alcohol ha actuado en ti como agente provocador, reactivo que desvela, más que los recuerdos, lo que hay tras los recuerdos; como si dijéramos, la decoración del fondo.
El tiempo no existe fuera de esta habitación donde tu cuerpo, deshabitado del espíritu, y tu espíritu, deshabitado del cuerpo, se han reencontrado en las estancias de la trastienda del ser (como
refugiados judíos en las buhardillas, mientras por la calle ladran amenazadores Y jadean los perros de la policía nazi), en esta habitación —o, mejor dicho, en este espacio— donde la escritura reinventa el asedio del ser, la soledad al fondo de todo, la espera del encuentro con el agente provocador. Es circular el tiempo del deseo, es circular el tiempo de la propia conciencia, el espectáculo interior de nuestra vida moral. Ahora tengo que pensar en términos de escisión hay una grieta, una distancia entre mi yo y mi yo, entre tu
yo y tu yo. Para sobrevivir, tenemos que poder vencer —o nos ha de pareces que podemos— esta escisión: en el tiempo cerrado del amor, en el tiempo cerrado del alcohol, en el tiempo cerrado de la
escritura. Detener el tiempo. Los ojos va no me parpadean: lo veo lodo: tu cuerpo, mi texto, es el agente provocador. Nado a oscuras y me encuentro a mí mismo encontrando un texto, encontrando un
cuerpo.

Pere Gimferrer.

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