El caballero de Alvaro Cunqueiro



EL CABALLERO  Alvaro Cunqueiro

I

- ¡Ah de la barca!

Caía agua a Dios dar. En la orilla opuesta se veía un viajero, jinete en un jaco que me
pareció en demasía nervioso. Venía el río crecido y costaba lo suyo mantener la barca
fuera de los remolinos de la Salgueira. Cuando atraqué, sudaba. El jinete no dio señales
de apearse cuando salté a tierra. Parecía como si quisiera entrar cabalgando en la
chalana. Gastaba capa de cuatremuz, y la ancha ala del sombrero, amolecida por la
lluvia, le caía sobre la frente. Miraba con extraña atención el río y la orilla izquierda.

- Habrá de apearse y ayudarme a entrar la bestia - le dije.

- ¿Este es el paso de la Salgueira? - preguntó.

Tenía la voz ronca, y recuerdo que me miró con unos ojos que parecían llevar claridad
de fiebre, aunque después vi que no, que eran ellos por sí como luces.

- El mismo. Ese es el puente viejo - díjele.

Se apeó. Me sorprendió su alta estatura. Sin trabajo metió el caballo en la barca.

- ¡Vamos! ¡De prisa!

Me puse a la pértiga. El caballo, cuando empecé a navegar, se inquietó. El hombre, de
pie a su lado, lo refrenaba con mano dura.

- ¡Se oyen otra vez los canes! - murmuró.

Y miraba hacia el río, hacia el puente viejo, como buscando algo que sin duda lo
aterraba.

Sin novedad llegamos a la orilla de Pacios, y atraqué más abajo del padrón, porque el
río llevaba mucha agua y el caballo no podía brincar. Me pagó el viajero con tres
monedas, que le agradecí, que pocos pasan tan generosos.

Amarré fuerte, y porque me lo pidió lo guié a la posada de Cruz. Arrendó el caballo en
el cobertizo y entró en la taberna. Parecía como hombre que husmea peligro. Sin decir
palabra ni quitarse la capa de cuatremuz, que regaba el suelo de tan calada que estaba,
se acercó a la ventana y miró si venía gente por el camino de Candás, y aun torció la
cabeza poniendo el oído, digo yo que para ver si se oían los perros que le espantaban el
jaco.

Le ayudé a quitarse capa y sombrero, que colgué al amor del fuego para que se
enjugaran, y se sentó entre la puerta y la escalera, al pie del reloj.

Ya dije que era muy alto. Ahora he de decir que era muy hermoso mancebo. Tenía el
cabello dorado y tan largo como no se ha visto pelo de hombre en el país. Los ojos eran
claros y ardía en ellos una luz extraña, húmeda y amorosa. Lo que más me cautivó, con
toda su galanura, fueron sus manos, blancas, largas y cuidadas. Con ellas cubrió por
unos instantes el rostro cuando Juan de Cruz se le acercó, preguntándole si le servía algo
caliente, que la tarde lo pedía; las separó lentamente de la cara y pudimos ver lágrimas de
sus ojos rodar por sus mejillas. Bebí¿> un vasito de aguardiente a pequeños sorbos. Las
campanadas de las cinco en el reloj lo sobresaltaron. Yo no hacía otra cosa que mirarlo y
me sentía encantar por él como la sierpe por la flauta. De buena gana escucharía su
secreto, porque sin duda grande y temeroso lo llevaba en el corazón. La hija de Juan,
Madanela, la que ahogó en Fondan, se sentó en la escalera a desgranar una cesta de
mazorcas. También ella, como yo, se dejaba encantar. Por veces, él levantaba la cabeza
para mirarla y hasta paréceme que le sonrió con divina dulzura. Con sus manos pálidas
desenredó la cabellera dorada, que le llegaba, ondulada hasta los hombros. Sospechaba
yo que sus finos labios temblaban. Anochecía y la lluvia seguía cayendo fría y gruesa.

- ¿Tendréis cama por esta noche? - preguntó a Juan de Cruz.

- Mala noche para caminantes - respondió Juan - El río no cesa de medrar. Dicen que
hay lobos en el Pontigo. Pláceme que os quedéis, tanto por vos como por el gasto.

Mientras Juan fue a guardar el jaco y echarle pienso, pensé que para seguir una
conversación con el desconocido sería bueno invitarle a otro chope de aguardiente.
Además, que viendo a Madanela moverse con aquel genio que tenía y con aquel donaire,
aquella sonrisa y los brazos blancos y torneados, no dudé que se contentaría. Agradeció
mi invitación y Madanela dejó el maíz para bajar a escanciar a él aguardiente y a mí
ribeiro, que yo por complexión caliente soy dado al vino tinto. Madanela se quedó a mi
lado, apoyando en mis hombros, como muchas veces solía, sus manos regordetas.

- Gustar, gustaríame el oficio de barquero - dijo -. En mi país es oficio de rey.

- ¿De dónde sois? - preguntó Madanela ruborizándose.

- De lejos, más allá de cien días de caballo - respondió -. Si queréis oír mí historia
habéis de atrancar la puerta, y vos - dijo dirigiéndose a mí - habéis de amarrar la barca
por esta noche.

- Dadla por amarrada. ¡Nadie del país pasará por aquí con semejante temporal!

- No temo la gente del país - dijo con tristeza en la voz.

- ¿Teméis los canes que espantaban vuestro caballo? - Ese es el final de la historia.
Sin duda aquel mozo llevaba un gran secreto con él. Entró Juan y atrancó. Madanela
avivó el fuego y volvió a su tarea a la escalera. Sólo se oía la lluvia, el chispar de la
hoguera y el graznido del maíz. Entonces el desconocido, mirando delante de él sin ver,
mirando quizás a sus sueños quizás a sus recuerdos, comenzó la historia.

II

- Soy mensajero de un señor, casi un rey que vive más allá en los mares, en un huerto
que corren tres ríos de agua mansa y donde florecen seis clases de palmeras y limoneros
y naranjos. Se llama mi país Narahio. M amo es un gran caballero, viudo de una dama
llamada doña Beatríz, que era una señora de mucho ver, con el pelo tejido de oro y perlas
y una carne de cristalería; toda ella era como una estatua de vidrio, frágil y transparente.
Os miraba y os encendía el alma con la luz de sus ojos. Mí señor la conoció en Italia, en
la tienda de un orfebre, que la guardaba dormida en una caja de plata y espejos,
embalsamada con esencia de membrillo. Mi caballero se enamoró y no paró hasta
conseguirla, teniendo que empeñar parte de su hacienda para el pago. En un velero la
trajo a Narahio, y hasta que se vieron las torres doradas del castillo no la despertó. Ella le
amó mucho, y, cuando murió, se murmuró en nuestra tierra que la muerte fue porque
tropezó y cayó y se quebró como lo que era: cristal fino. Mi caballero recogió hasta el
último pedazo de aquel destrozo y todo lo encerró en una urna de oro. Mi señor quedó
triste, el cabello se le tomó blanco en un día y dicen que cegó, pero esto no se sabe fijo.
No se pudo comprobar. Nadie volvió a verlo en el huerto ni se hacen ahora músicas en el
palmeral.

Pregunté yo si no les había quedado hijo, siendo así menos la desgracia.

- Dicen unos que sí y otros que no. Los que dicen que sí aseguran que le quedó una
hija a mi señor. Igual que la madre, de cristal, pero en moreno y camelia. Nadie la vio,
aunque hay quien asegura haberla oído cantar talmente como la sirena, con voz que
siempre parece triste y lejana. no la oí, y doy gracias a Dios por ello, que los que dicen
haberla oído andan llorosos y alocados, enfermos de melancolía, sin sueño ni apetito. Un
mi hermano la oyó viniendo una noche de cazar la nutria en una fuente, y desde aquélla
anda trastornado y como mudo, doliente de amor.

- ¿Enamoróse sólo de la voz? - pregunt6 Madanela, que tenía la suya tan alegre como
un verano.

- Hay que tener oído alguna vez la voz de la sirena para entenderlo. En los mares que
rondan mi país hay desde muy antiguo sirenas engañadoras que sólo con la voz, sin
contar los encantos del cuerpo, tienen destruido muchos mozos.

»Volviendo a mi señor, y hablando de mí, os diré que soy su correo, no tengo mujer ni
hijos y vivo en un palomar, enseñando palomas mensajeras y canes guardadores. Ya mi
padre tuvo el oficio y del suyo lo heredé, siendo pues verdadero que viene de casta el
tener encanto para los animales, saber sus voces secretas, hablar al arrullo con las
palomas y al ronquido con los canes y entenderlos cuando entre ellos se conciertan. A
una legua oigo un ladrido siendo mediodía, que oírlo al alba o la noche, con el silencio del
mundo, no fuera mérito. Mi oficio de correo es hermoso porque me lleva a todos los
países, al trato con diversas gentes, a aventuras y conocimientos. Cuando llega el
invierno, en la cocina de mi caballero, en un escaño cabe el: fuego, cuento historias tales
que ningún otro de mi país puede contar. Esto me hace gracioso a los ojos de las
mujeres.

Lo dijo mirando a los de Madanela que se ruborizaba por nada y los entrecerraba
melindrosa.

- Un día del verano pasado recibí una orden de mi señor. Quería que me pusiera en
viaje a la busca de la verdad de una historia antigua, que a él le tocaba por un tío suyo del
que ahora tiene en un castillo un nieto de seis años cumplidos por san Lucas, muy
medrado y gentil, vestido como anda a la napolitana, con una gorrilla verde que le
mercaron en París, una gorrilla verde con dos plumas coloradas. Es un lindo rapaz, muy
reidor, que por el genio y terquedad que presenta ha de ser un buen caballero. Yo le
regalé una paloma blanca colipava, de las que usan los donceles en las ciudades para
enviar mensajes a sus damas, que para otra cosa no sirven, teniendo como tienen el
vuelo corto, y por el regalo me tomó amor, que con amor le pago. Por eso, aunque sabía
yo que averiguar esa historia pasada podía traerme, como me trajo, males, duelos y
peligros, no dudé salir de viaje un día de agosto, diciéndome que quizá nunca más
volvería a ver en el horizonte las torres de Narahio, que son del color naranja de su
nombre. De esto va para dos años y aún estoy lejos del final de esta mensajería.

Al llegar a este punto pidió otro vaso de aguardiente que Madanela le sirvió. Seguía la
lluvia y parecía haberse desatado el viento nordés que aquí en Pacios es tan recio.
Aproveché la pausa para arrimarme más al hogar, donde ardía, con ese canto tan
amoroso que tiene, un chopo de castaño, bien entrecuñado por Juan de Cruz, que sabía
armarlo como nadie. Blancas, rojas, azules, las llamas bailaban royendo el leño, y daba
gozo verlas. Pocas cosas son más hermosas de ver que un buen fuego. El viajero bebió
su aguardiente y pasó otra vez, con un ademán que era muy suyo, la mano derecha por el
pelo, repeinándose con los cinco dedos.

- Me llamo Leonís de Soage y estoy titulado caballero, que allá en mi país se conocen
porque pueden vestir de terciopelo y llevar en la oreja izquierda un pendiente de oro con
las armas. Las mías son una paloma que lleva en el pico una flecha.

Y descubrió de pelo la oreja izquierda, en la que, como dijo, llevaba un pendiente de
oro con sus armas.

- Todos los primogénitos de mi casa se llaman Leonís en memoria de mi abuelo que
fue de la caballería de los Doce Pares y viene en las historias de mi país como Leonís de
Arantes. Sobre éste de mi abuelo hay romances que cantan cómo se enamoró de una
princesa bizantina que era muy delicada de salud y le recetaron los médicos hierbas de
javaleño, que no las hay sino en las Indias. A ellas fue mí abuelo y peleó con un gigante y
una serpiente y halló la hierba y la trajo a Constantinopla, pero cuando entraba por la
puerta de las Abejas, uno que lo conoció por las armas, le dijo que la princesa había
muerto hacía dos años de una alferecía trasudada. Tal que si no fuera por la honra de
buen enamorado que cobró hiciera don Leonís en balde su gran viaje. Mi madre me
acunó de niño con los romances de mi abuelo.

Calló como ensoñando algo. Pienso yo que hallándose uno lejos de su tierra, la mayor
nostalgia que haya será la de los días de infancia y mocedad, por ser, generalmente, eras
alegres, en las que el alma vive sin cuidado. Yo me recuerdo niño en Belesar, en el
molino de mi abuelo, con un codo de pan en la mano, viendo girar las ruedas, y
viénenseme las lágrimas a los ojos.

- Pero esas son otras historias. Vayamos con mi mensajería - dijo don Leonís
rematando su aguardiente.

Parecióme que ya no estaba temeroso. Quizás el encontrarme al abrigo, al calor de un
hermoso fuego, contando su vida y aventuras a gente sencilla como nosotros que lo
mirábamos bien, debió tranquilizarle. Golpeaba la lluvia en lo ventanas y eran como silbos
soplados por el viento los álamos y abedules de la ribera. Se oía por veces el mugir del río
en los caneiros. El temporal hacía más amigo el fuego y el techado.

III

- Mi mensajería es cosa de secreto mayor, pero hallándome tan lejos de mi país,
siendo de vosotros tan desconocidos sus sujetos y tan extraordinaria la historia, no peco
al contarla, al tiempo que descanso mi corazón de los peligros pasados. Hace una hora
que crucé el río en vuestra barca y me senté a este fuego, y ya paréceme que entre el
mundo y yo he puesto una cortina de años, alejado el sobresalto de mi viaje y olvidado la
prisa que me arrastra, como viento vendaval las hojas secas. Paréceme como si mi viaje,
mi encargo y mis aventuras fuesen hijos de mi magín y no hechos verdaderos, y hasta me
burlo de mi amedrentamiento.

Madanela habíase sentado en la piedra del lar, a los pies de Juan de Cruz y abría los
ojos al encanto del extranjero, que de vez en vez la miraba como si sólo contase para ella
sus historias. El soleo del fuego la arrebolaba y era talmente una manzana caramona.

- Un tío de mi caballero, conocido por don Lanzarote, tuvo dos hijos en una princesa
levantina cuyo padre tenía isla y navíos y gastaba mitra de oro. Fue un buen rey, y en la
vidriera de la iglesia de su reino está, arrodillado, entre San Juan y San Basilio con su
mitra y su barba y en las manos un bergantín - goleta de tres palos que ofrece a Nuestra
Señora. Eran los hijos de don Lanzarote, niño y niña, los dos de un vientre, y cuando
nacieron echáronle a don Lanzarote la profecía de que serían Tamar y Amón, porque al
nacer era Géminis el signo, había cruzado un cometa a trasmano, y la madre soñó que un
gavilán devoraba a una paloma. Contristóse la princesa porque don Lanzarote no creía en
agüeros y reía del profeta, que era un médico lombardo titulado en Montpellier, que es la
Roma de la medicina y el jardín de las hierbas salutíferas. Don Lanzarote, para aliviar la
melancolía de su esposa, doña Teodora, llevó el niño a Soage, mi lugar, para que lo
educaran en las armas y en la cortesía, separándolo de su hermana, que fue llevada a
Constantinopla a casa de una tía abuela a aprender el bordado de perlas y el hojaldre,
cosas ambas que nadie sabe en el mundo mejor que las princesas bizantinas, que en
aprender esto y la lista de los oficios palatinos con sus nombres completos, pasan de
ocho a diez años sujetas. Pensaron don Lanzarote y doña Teodora que no se viesen los
hijos hasta mayores y casados ambos, y en esto estuvo la causa de la tragedia y el que la
profecía fuese cumplida, que paréceme a mí que si de niños hubiesen jugado juntos en su
palacio de Anca y se hubieran tratado de hermanos cada día, no hubiese llegado el mal a
sus corazones... Pasaron dieciséis años, en los que no hubo, en lo que toca a esta
historia, novedad mayor, salvo la muerte de don Lanzarote en las guerras que hubimos en
Oriente. Doña Teodora, pasado el cabo de año de su esposo, que fue muy sentido,
acercóse a Constantinopla a ver a la hija y la encontró tan medrada y compuesta que se
asombró de que aún estuviese soltera, y como tenía posibles hizo un torneo, que se
predicó en los Siete Reinos, ofreciendo al vencedor la mano de Sibila, que así la
nombraban. Acudieron príncipes y muchos caballeros, y a todos excedió en juegos y
maneras un caballero vestido de galas negras, al que llamaron el Doncel Desconocido.

Este caballero, que no se descubrió ante las damas, cosa que permiten las leyes de la
caballería andante, ganó el torneo, que fue muy lucido, montado en un caballo de
bonanza y acompañado de dos pajes, uno con quitasol y otro con flauta. Ya habréis dado
en que el Desconocido era don Silván, el hermano de la novia.

Hizo una pausa. Iban calmando fuera el viento y escampando la lluvia. Oíase ahora el
río, que iba lleno y poderoso.

- Cuando doña Sibila le dio al desconocido el premio del pañuelo colorado, que tal es la
costumbre, como mi princesa era tierna y tenía diecisiete cumplidos, edad a la que todas
las bizantinas ya son madres, susurró al oído del caballero que tenía un cenador en su
huerto, rodeado de granados y adornado con cojines y alfombras. El Doncel Desconocido
no vio inconveniente en tocar a vísperas, máxime que al día siguiente ante doña Teodora
y el Patriarca, había de ser casado, después de declarar su nación y nombre, que nadie
dudaba fuera antiguo y honrado, tan cortés y buen caballero aparentaba. En viniendo la
noche salió de su posada embozado y pasó al huerto de doña Sibila, que le esperaba en
el cenador quemando hierbabuena y zalomela en un pebetero de oro. El diálogo
paréceme excusado decirlo. En Bizancio se enseña a los mozos el lenguaje de las flores,
y la azulzalomela es emblema de pasión desbordada Así, pues, sin decir oste ni moste se
ofrecía doña Sibila a don Silván. Era morena como su madre y menudica, el pecho algo
menos que de su edad, aunque alto y encelador, y la boca grande, los labios delgados y
rojos, pasaba por hermosa; pero lo que más gustaba en ella eran los ojos negros y las
piernas largas, totalmente de danzadora. Ya vestiría ella una túnica que le permitiera
enseñarlas. Allí en el cenador pasaron las vísperas, y si la alondra no canta, paréceme
que aún seguirían con sus juegos, porque mucho se gustaron, según lo que después se
vio. Fuese a su posada feliz y amoroso don Sílván, vistió traje de seda, perfumóse la
negra cabellera con agua franchipana y caminó con su flautista y su quitasolero a las
Blanquernas, donde ya estaban, de blanco vestida la novia, con corona de condesa doña
Teodora y con tiara coronada el Patriarca. La velación entre los griegos se hace a puertas
cerradas, con sólo el sacerdote y los padres, y con velas encendidas, que andan de mano
en mano como en un juego. Lo que allí pasó sólo se sabe por inquisición, que nadie dijo
palabra. Doña Teodora salió muerta; doña Sibila, desmayada; don Silván, demudado, y el
Patriarca, con la tiara en la mano. El escándalo fue tan grande que toda la caballería
bizantina estaba en la iglesia. Silván huyó y el Patriarca anunció a la Corte que la boda no
podía celebrarse porque el caballero vencedor era leproso. Con esto se quiso echar tierra
al asunto. Lo que allí pasó fue que al declarar el Doncel Desconocido su nación y nombre,
la pobre madre vio la profecía cumplida y dio el alma a Dios, gritando la desventura. La
justicia de Constantinopla ahorcó flautista y quitasolero para que no pudieran declarar el
nombre de su amo.

- Paréceme una historia - dijo Juan de Cruz poniendo en la mesa de don Leonís una
jarra de espadeiro - ¡Mojad, mojad la lengua, mi amigo!

La jarra hizo una ronda de ida y vuelta. Madanela arrimó el caldo al fuego y pasó en las
brasas unos chorizos.

- Doña Sibila parió a los nueve meses un niño, ese que os dije de la gorrilla verde, las
plumas coloradas y la paloma colipava. Doña Sibila entró en un convento, donde está
ahora a la muerte y que aquí viene el porqué de mi mensajería.

- Dejemos ese porqué para tras la cena - dije yo.

Madanela puso la mesa y sirvió el caldo y los chorizos. Partimos la dorada borona.
Mientras cenamos sólo se oyó el canto de la leña en el lar. De afuera venía el roncón del
río. Dos jarras de espadeiro y medio queso viejo de Andey pusieron remate a la colación y
don Leonis siguió su historia.

- Don Silvan huyó como un ciervo, pero ciervo enamorado. Doña Síbilia dejó
Constantinopla por Narahio, y en el castillo de Ansemar le nació el hijo, ese mocito que os
dije de la boina verde con plumas coloradas. Mi caballero, ahora que doña Sibila está
muriéndose, de consunción melancólica, según unos, y de fiebres «origines dubiae»,
según otros, envióme a la busca del padre, del que en estos ocho años no hubo noticia.

Averigüé yo que de Levante pasó a Venecia, y de allí, a Roma; decían que a redimirse de
sus pecados. En Roma, cerca de Abbadie tre Fontane, mercó una finca que tiene un
jardín cercado, y en él una fuente cantadora que semeja un lebrel vertiendo agua por la
boca; en el jardín hay camellos y rosales, y macizos de rosacresta que hacen caminos
cubiertos y bien recortados pasadizos, puentes y torres almenadas. Allí vive don Silván, y
allí fue mi mayor aventura, esa que ahora pone en peligro la vida mía.

El jaco relinchó en la cuadra y despertó el can del mesón que medio roncó. Madanela
lo acarició, y «Nero» volvió a su sueño murmurando esos decires que tienen los perros
viejos cuando los amansan.

- Con una carta que llevaba del obispo de Adana, fui a llamar a su puerta, fingiéndome
Miguel de nombre y siríaco de origen, de oficio jardinero. Y aconteció que precisamente
necesitaban uno en la casa, porque había de mudar la disposición de algunas partes del
jardín para colocar una estatua que esperaban de un día para otro. Ya tenía don Silván,
que así se hacía llamar el caballero de Oriente, el dibujo hecho. En cinco días le arreglé el
jardín. Don Silván, que andaba vestido a la moda romana y se embozaba en una capa de
vueltas carmesíes, se sentaba junto a la fuente a verme trabajar. Es en verdad un gran
caballero. Yo le saqué en seguida el parecido con su hijo. Ambos tienen los mismos ojos
azules, y se les clarea el señorío a través del andar; no me extraña que doña Sibila se
turbase, cuanto más que yendo ya madura para lo que por allá se estila no había
encetado la manzana de los amores. La casa de don Silván era grande y bella; en los dos
salones de la terraza, y aun en la terraza misma, estaba prohibida la entrada a los
sirvientes. Ahí dormía el caballero, y de allí, por la noche, cuando ya la estrella iba tan
alta, que Aldebarán era el ojo del oro, salía una música como otra no oísteis, y que bien
quisiera poder explicaros. Os adormeceríais en su arrullo. Lentamente, comenzaba a
brotar de aquel ligero vuelo, de aquella blanca y reposada caricia, un silbo, un violín, una
llama, un viento, un aliento ardoroso que subía y subía rozándose contra las paredes del
mundo. En las tinieblas se oían sollozos y pasos. Algo frío, alas o nubes, se ataba y
desataba a una mujer que gemía y danzaba. Se oían las puntas de los pies, la
despeinada cabellera cayéndole por la espalda blanca como un agua negra. Un extraño
oficio de difuntos, una letanía perezosa, una mano de hombre amiga y apaciguadora, que
se posaba en nuestra espalda, surgían de aquel horrible combate y se anegaba en
aquella música primera, en aquellas rosas que se deshojaban junto a vuestro oído, en
aquellas manos de niña que pasaban a la luz de la luna tejiendo tejeres con hilos de seda
transparentes... Más que esto que os digo era aquella música que venía de los salones de
la terraza todas las noches la misma pieza y a la misma hora. Yo cobré temor,
pareciéndome que algo, conjuro o encanto, se escondía tras ella.

- ¿Y era así? - pregunté.

- Así era. Pasaron casi dos semanas sin mayor novedad y sin que yo averiguara nada
de la vida del caballero de Oriente ni de lo que escondían los salones y la música
nocturna. Una tarde llegó al jardín don Silván y vino a mí, estando yo aterrando un cuadro
de lilas francesas que tan olorosas son.

» - Miguel -,díjome -, anochecido han de llegar con la estatua que aguardamos. Harán
falta los hombres que vienen y la ayuda nuestra para ponerla en su pedestal.

»Díjele que con mis fuerzas contara. En carro de bueyes vinieron tres hombres con la
estatua, que traían muy enmantada y con mucho cuidado y esfuerzo, que nunca vi
mármol más pesado, la sentamos en su pedestal. Éramos cinco y los cinco sudamos, el
peso de la figura y la inquietud de la yunta extrañáronme. Como caballos estaban bravos
los bueyes. Ahora os diré cómo era la estatua, lo que es descubriros una punta del
misterio. Pero antes, que ánimo es preciso, bebamos a mi salud, y luego ya beberemos a
la vuestra otra jarra de este espadeíro.

Madanela trajo. Se veía que la enamoraba el pasajero y él no veía inconveniente en
mirarla a los ojos, encelándola. La verdad es que ella estaba como esas que los médicos
mandan tomar por medicina.

IV

- La estatua figuraba una mujer desnuda a su natural tamaño, peinada a la bizantina y
sin más pudor que el que una banda de seda que llevaba a la cintura. El rostro se lo
encontré tan conocido, que pasmé, y era el de doña Sibila. Yo sólo había visto a la dama
una vez, enferma y dolorida; pero, sin más, la reconocí y os digo que si tiene el cuerpo
que allí figura, se explica que hayan pasado tantos disturbios. Era ya noche cerrada y don
Sílván mandó que me retirase. Pasé hasta el nuevo día en desvelos y cavilaciones, y
colegí en mi ánimo que don Silván estaba enamorado de su hermana y ensoñaba su
pecadora pasión. Díjeme que no sería bueno, hasta que estuviese más al tanto de su
alma y pensamientos, descubrirle mi condición y entregarle la carta de mi caballero que
llevaba cosida a la camisa. No oí ninguna música esa noche; pero luego recordé que la
primera vez que oí esos canes que aún no hace tres horas me ladraban en el viento, fue
mediando aquélla. Me levanté a la amanecida y fui a regar y trasquilar el césped del jardín
y a mi sabor contemplé la estatua de doña Sibila, que estaba labrada en un mármol
blanquirrosado que semejaba carne, y en el pecho y garganta y en las hermosas piernas
se le transparentaban a modo de venillas azules. Tan aparente estaba doña Sibila, que
me sonrojé de encontrarla desnuda. Madrugó don Silván y me envió a Roma a buscar un
lectuario de triasandaliz, a una tienda que hay cerca de San Lorenzo, junto a las tapias de
Campo Verano. Sonrióme la vieja que tenía la tienda al hacerle el pedido. Preguntéle por
qué se sonreía.

» - No te sonrío porque seas hermoso - respondió -, que yo soy vieja, y en demasía fui
graciosa y reidora en mis tiempos. Ríome de verte necesitado de este lectuario siendo tan
mozo.

» - ¿Y pues? Me manda mi amo.

» - Este lectuario es medicina de los muy amorosos - dijo llenándome el frasco.

» - Volví a la villa pensando que el don Silván estaba entregado a grandes excesos que
yo no sabía por verle siempre en la casa solo, y no haber en la casa más mujer que una
cocinera anciana, mandadera que fue, según me contó, de un nepote del Papa. Volví a oír
aquella noche la música de que os hablé, y tenía una parte nueva, como una risa
argentina, como un aroma de alcanfor que os endulzara los sentidos. Yo no pude más
conmigo mismo y me propuse averiguar sin más pausa el secreto de la casa,
decidiéndome a vigilar en la noche el jardín y la terraza. Hice amistad con el perro que
guardaba la villa, un can de Nora, negro y listón y calzado de la mano real que era muy
fuerte. Me lamía la mano y el rostro de amigo mío que era, y dormía la siesta a mi lado,
apoyando su gran cabeza en mis rodillas. Una noche, como don Silván acostumbraba a
cerrar la casa con llave y candado, hice por quedarme oculto tras un macizo de
rosacrestas, que semejaba, recortado, una torre almenada. Dieron las doce y dio la una.
Tocaron en Abbadia tre Fontane a los oficios de medianoche, y en el aire pontino fue y
vino la letanía coral, que por ser monjes de mucha penitencia, siempre es de difuntos.
Sobre las dos serían cuando apareció en la terraza don Silván; los salones estaban
iluminados como para una fiesta, y a la luz que vertían los ventanales bien lo contemplé
mozo y garrido. Vestía en bizantino, bordado en perlas y piedras preciosas que rebrillaban
a la luz, y ceñía espada. Se acercó a la baranda de la terraza, apoyó en ella las manos, y
por un momento contempló la estrella del cielo, que se dilataba sobre la tierra y la noche.

A su lado, sin que yo advirtiera de donde había salido, salió un enano que comenzó a
afinar su violín, violín que reconocí como el de la música que os conté. Bonete y ropón
vestía el enano como músico de iglesia. Mi amo bajó al jardín acercándose a la estatua de
doña Sibila, y el enano comenzó su tocata, una tocata nueva que aún llevo en los oídos,
pero que no puedo explicaros, que me faltan palabras. Llegó el músico a un pasaje en el
que parecía desatarse un viento de fuego y alegría en las cuerdas y el pecho del violín, y
a aquel conjuro sucedió el encanto. Comenzó la estatua a moverse, el mármol a
despertar. Vi con los ojos míos levantarse la doña Sibila de mármol y, apoyada en el
hombro de don Silván, brincar del pedestal al césped. La movía la música, aquella pieza
era como su alma. En sus brazos la tomó don Silván, y seguidos por el músico pasaron al
salón de la terraza. Os ahorraré la visión de sus excesos y delirios. Todo lo vi, y a ella oí
cantar con su boca fría, que, eso sí, ni en el mayor arrebato de amor, ni sombra de color
le vino al cuerpo, por lo que supongo que el mármol no perdió con el encanto su
sustancia, que es húmeda y gélida. Cantó con voz que nadie tendría por humana; cantó, y
su canto me heló la sangre en las venas. Era de tal naturaleza aquel canto cálido, aquella
lengua imán, que si las mujeres la tuviesen os aseguro que no habría castidad sobre la
Tierra. ¡Cómo se amaron! El claror del día puso fin a la orgía. Él se adormeció sobre los
cojines, medio desnudo, en la mano una copa vacía. Ella abandonó el salón y pasó a la
terraza. La llevaba de la mano el enano. Paréceme a mí que era ciega; el encanto le dio
todo al mármol, menos luz a los ojos. Pasó a mi lado, desnuda y perfumada camino del
pedestal. Y no me pude resistir. Mi mano derecha fue hacia ella y la tocó en un hombro.
Diréisme que fui loco; pero ¿qué sabe nadie del alma de nadie? Mi mano tropezó con una
carne humana, con una carne fría y viscosa como panza de culebra. Ni la cabeza volvió.
Siguió su camino guiada del enano, y por la escalerilla de recortar la rosa cresta pasó a
su lugar donde tomó la figura de estatua y se quedó. El enano se fue como vino: volando.

Yo me escondí tras la caseta del can a esperar el día. El terror y el temor no me dejaron
dormir. Cavilaba yo que aquel encanto era lo que tenía en su lecho, consumida y sin
ánimo, a la doña Sibila verdadera, y que la pasión de don Silván por su hermana era loca
y desmedida. ¡En verdad es triste que tan buen caballero sea tan gran pecador! Esto
lloraba yo entre mí cuando alumbró tras los cipreses el alba rosada. Determiné comprar
un caballo y pasar a Ostia en busca de barco para Narahio, que siempre suele haber
alguno de los que traen especias y naranjas griegas para los romanos. Salió don Silván al
jardín como solía y poco después salía yo de mi escondite a darle los buenos días.

» - Mala noche pasaste, Miguel, que tienes mala cara - dijome.

» - Son las fiebres que me cogieron en Adana, mi señor. Quisiera ir a Roma a buscar
una medicina muy acreditada que se llama herbanea de Indias.

» - Tienes mi permiso - dijo, y retiróse a sus habitaciones.

» - Así, pues, se preparaba mi huida. Regué el césped y la rosaleda, y al pasar junto a
la estatua espanté; allí, en su hombro izquierdo, donde mi mano la había tocado, estaba
la señal de los dedos y de la palma en el mármol, como si hubiera sido labrada. Entró el
terror en mí, y sin esperar un minuto más huí a Roma, pensando que cuando don Silván
se percatase de la huella, había de averiguar quién fue el osado espía. Huí a Roma y ya
no me atreví a pasar a Ostia. Ofrecí peregrinación a Compostela, en cuyo camino
estamos. Desde Roma, amigos, me sigue el enano con canes rabiosos, tocándome
músicas con las que pretende atraerme a la muerte, porque mi huida me delató y quieren
enterrarme con mi secreto. Sáleme a todos los caminos y creo que puede volverme loco.
Este mediodía, cruzando las gándaras de Páramo, me detuve para que el caballo bebiera
en un regato, y de entre unas hayas que coronaban una colina salió la voz del violín del
enano, una voz sutil y acariciadora que como una mano de seda se tendía hacia mí. Pero
sobre el violín brincó el ronquido impaciente de un perro de presa, y fue como si una garra
negra rasgase la seda que enguantaba la mano de la música que os digo.

- Don Leonís no quiso ir a la cama. Se envolvió en una manta zamorana y se sentó en
un escaño en el lar. Bien vi cómo ponía al amor de la mano sus pistolas, y cómo se
aseguraba que con sólo el meñique había de salir de la vaina el cuchillo montés que
llevaba en el cinto. Pagó el gasto, advirtiendo que a lo mejor tenía que salir de improviso.
Yo me ofrecí para hacerle compañía, pero la rechazó diciendo que a mis años mejor me
venía una buena cama. Dormí, y a la mañana, cuando desperté, ya no estaba don Leonís
en la posada. Siempre pensé que Madanela le hizo compañía. Era una moza alegre y
donairosa, que se arrebolaba por nada y sin duda muy soñadora. Ya lo fue su madre
también. Paréceme que Madanela no le dejó ir sin ofrecerse, cuantimás que caballeros
como aquél, ten hermoso y de tan lejos, pocos pasaban por la posada. Él le dejó de
regalo un pañuelo de Cambray, muy bordado, que en una punta tenía una avecita
colorada con una cinta de letras en el pico. Las letras decían - díjome Madanela sonriendo
y bajando la vista -: «Con amor vivírás». Poco vivió la moza. Se ahogó viniendo de la
romería del Pomar. El río la llevó hasta San Acisclo. Una mañana encontraron el cuerpo
estribado en la represa del molino, medio comido de los ratas y las lampreas. ¡Siempre
me recuerdo del gracioso andar y de los ojos azules de aquella rapaza!

FIN

3 comentarios:

Alfaraz dijo...

Todo lo que he leído de Cunqueiro me gusta bastante y este relato no lo conozco, pero no pienso leérmelo aquí, que me dejo las pestañas.



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José Luis Martínez Hens dijo...

Ay, la gente de orden que no quieren leer en las pantallas. ¿Una impresora?

Alfaraz dijo...

En la pantalla de un e-book sí, pero en ésta del mac ya llevo leído bastante. Estoy temiendo el fondo de ojos...




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