Los políticos de Antonio Balboa



Hoy voy a copiar y pegar un interesante capítulo de un libro escrito en 1999, que no está a la venta. Está escrito por una de las personas más inteligentes que he conocido y que fue y es, maestro del que suscribe. Ultimamente no lo frecuento porque voy poco por mi tierra y así me va, aunque tengo sus 4 libros publicados sólo para amigos, que son mis Evangelios.




Lo mismo como copista se me queda algo. Desde luego, este artículo en este momento me hace un bien tremendo. No quiero ni pensar que hubiera pasado si le hubiera ganado las Primarias a Rosa Díez, cosa que por otra parte hubiera sido además lo más lógico.

Hace tiempo que no le pido el permiso a mi ego. Si es que he perdido hasta el temor de Dios.





LOS POLÍTICOS


La figura del político se ha deteriorado muchísimo en los últimos tiempos.


Actualmente están en política los que no sirven para otra cosa.


Un buen profesional sea Abogado, Médico o Economista, no puede meterse en política por varias razones.


La política es una actividad absorbente que no es factible de simultanearse con el ejercicio de una profesión. Las incompatibilidades ponen al político bajo sospecha sobre el uso de información privilegiada o el tráfico de influencias.


La clientela se pierde al entrar en política y será muy difícil recuperarla cuando se vuelva al ejercicio de la profesión. Gran parte de la clientela se habrá vinculado a otros profesionales. Los que sostienen ideas políticas contrarias preferirán a los profesionales de su misma cuerda y otros muchos prescindirán de sus servicios, porque el simple hecho de meterse en política se considera un desprestigio.


A la renuncia voluntaria de los buenos profesionales a comprometerse en política, hay que añadirle que las personas que más se sienten atraídas por el poder son los locos, los desvergonzados, los ambiciosos, los insensantos y sobre todo, los fracasados. Conozco muchas personas que han fracasado en las oposiciones, los negocios, el deporte, las relaciones sociales y el amor, y sin embargo, se han encaramado a la cucaña del poder con extraordinaria habilidad. Lo malo es que la sociedad no está protegida contra toda esta fauna que nutre la política, porque incluso para el ejercicio de los cargos más importantes no se exige la más mínima acreditación de cualidades personales.


Las carencias de los políticos actuales las cubre perfectamente el equipo de marketing que los asesora. Lo único que tiene que hacer el político es cumplir fielmente las instrucciones que se le comunican y repetir las frases fundamentales de los discursos que le preparan. NI siquiera tiene que comprender el sentido de sus palabras; es suficiente que las pronuncie con énfasis y tono convincente. Al final, lo mismo que se coloca un detergente en el mercado a base de publicidad, se puede situar al político en un escaño del Congreso o del Senado.


El peor efecto de la mediocridad es el mimetismo. Cuando el Gobierno de un país es mediocre seguro que también lo son los gobiernos regionales y municipales. Esto no se debe sólo a la fuerza del ejemplo, sino también porque los líderes mediocres ponen un gran empeño en cargarse o aburrir a los que, dentro de su mismo partido, tienen condiciones superiores.


La meta de todo político es la conquista del poder y cuando lo logra se aferra como lapa y no quiere soltarlo. Esta conducta es muy comprensible, porque las personas mediocres que consiguen un cargo importante experimentan cambios cambios muy gratificantes: las manos le dejan de sudar, mejoran la estimación de su propia imagen, toman confianza y adquieren una locuacidad y capacidad de decisión que no podían ni sospechar, reciben el halago de personas que antes le eran esquivas y disponen de oportunidades para enriquecerse.


La gran mayoría de los políticos pretenden el poder no para servir a los demás sino para medrar y procurar el provecho propio. Ya no se tapan ni los políticos de izquierdas que inmediatamente después de conseguir el poder abandonan el pantalón de pana y el jersey de cuello alto por el traje de chaqueta de corte impecable; se trasladan a un piso en un barrio residencial y se compran un coche de gran cilindrada. Empiezan a frecuentar restaurantes de cinco tenedores y enferman un poquito de gota por ingestión excesiva de marisco y carne de caza. En cuanto a los viajes, hasta los políticos más torpes descubren pronto la conveniencia de visitar Paris, Londres y Roma para promocionar los productos nacionales o regionales.


La trayectoria de los políticos es muy parecida a  la de los delincuentes. Aunque sea en sentido figurado, el político va dejando su camino plagado con los cadáveres de sus adversarios, muchos de ellos de su mismo partido. Al asesinato político hay que añadirle el fenómeno de la corrupción que se ha hecho casi consustancial con la política.


A mí no me escandaliza el hecho de la corrupción, que me parece casi normal; lo que me escandaliza es que no se denuncie y persiga desde los poderes públicos y sea siempre la prensa sensacionalista o particulares estafados los que la saquen a la luz. Quizá esto haya que explicarlo con más detalle.


Existen muy pocas personas honradas, y en cambio, muchas tienen alma de ladrón. Lo que ocurre es que robar no resulta fácil. Normalmente la gente reprime el impulso de apoderarse de lo ajeno por falta de ocasión o de valor y por temor al escándalo público y la cárcel. Si la ocasión es propicia y se tiene una cierta sensación de impunidad, lo normal es que la gente robe. Robarle a los particulares es complicado y hasta peligroso, porque las propiedades se defienden con violencia. Robarle al Estado es mucho más asequible porque los caudales públicos están muy mal vigilados y las fórmulas de robo de estos erarios apenas si conmueven las conciencias.


El desprestigio de los políticos actuales ha motivado que, casi todos, estén bajo la sospecha de los Tribunales de Justicia. Muchos están siendo sometidos a actuaciones sumariales, bastantes se sientan en el banquillo y algunos están ingresando en prisión, aunque sea por poco tiempo, gracias a los beneficios del indulto.


Otras de las causas del desprestigio de los políticos actuales lo constituye su conducta erótica y sexual, y que antes no solía conocerse porque era más discretos y porque la Prensa era menos inquisitiva.


Lo normal, en los políticos de izquierdas, es que al conseguir el poder sustituyan a la feminista deteriorada que fue su compañera en los tiempos difíciles por la guapa jovencita "progre" procedente de una familia acomodada.


En cuanto a la infidelidad y las desviaciones sexuales de los políticos, se aprecia un enorme contraste entre el rigor moralista de los sajones y la tolerancia de los latinos. El Fiscal General del Estado y el Partido Republicano de los Estados Unidos, le han ofrecido a todo el mundo un lamentable espectáculo, pretendiendo convertir una aventura intrascendente del Presidente Clinton en una cuestión de Estado.


La mediocridad y la falta de altura de miras de los políticos, se revela también en los miembros de la oposición que no saben hacer otra cosa que criticar, por sistema, todas las actuaciones del Gobierno.


Lo peor del político es su aparente esclavitud ideológica. No se comprende que en el Parlamento se vote por disciplina en contra de la propia conciencia ni que una persona se comprometa toda la vida con un credo político. En mi caso, hay días que me levanto imbuido de ideas de izquierdas porque me parece necesario remover las desigualdades sociales de forma radical y, otros días, me siento dominado por ideas conservadoras. Tampoco me parece inteligente y justo estimar que los políticos de una ideología son buenos y aciertan en todas sus decisiones, y los de otra son malos e incompetentes. 


A mi me preocupa la aplicación de la parábola de los talentos a los políticos. Como sea pecado grave aceptar cargos políticos por satisfacer ambiciones personales a sabiendas de que no se está capacitado para desempeñar la misión, el infierno, si existe, tiene que estar atestado de políticos.


Espejo de Feria (Viaje al egocosmos) Antonio Balboa, Córdoba 1999.







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