Introspecção de Vinicius de Moraes.- poeta



Nuvens lentas passavam 
Quando eu olhei o céu. 
Eu senti na minha alma a dor do céu 
Que nunca poderá ser sempre calmo. 

Quando eu olhei a árvore perdida 
Não vi ninhos nem pássaros. 
Eu senti na minha alma a dor da árvore 
Esgalhada e sozinha 
Sem pássaros cantando nos seus ninhos. 

Quando eu olhei minha alma 
Vi a treva. 
Eu senti no céu e na árvore perdida 
A dor da treva que vive na minha alma. 

Rio de Janeiro, 1933

El 20-N, el 15-M, el 11-M...

Con tantas fechas uno acaba perdido, pero me parece una jugada muy burda la del Sr Rubacalba, la de elegir para unas elecciones generales una fecha como esa. Lo he llamado dolo en el facebook, y tras las declaraciones de Rubalcaba y ZP y sus caras (como de casualidad) me parece que me he quedado corto. ¿Qué diferencia hay entre el 13 de noviembre o el 27 de noviembre? Simplemente no serviría para un 13-N o 27-N, parece como que detrás de la fechas siempre hay un acontecimiento donde Rasputín anda metido. Nos esperan tres meses de crispación. Es lo que buscan.


Yo votaré a UPyD, que es el partido que más confianza me inspira. Soy soñador. Y me gustaría ver como los intelectuales cercanos a este partido se presentan. Boadella por Barcelona, Savater por Guipuzcoa, Vargas Llosa por Madrid. Si no lo hacen ahora, luego puede que sea tarde. Está en juego una tercera España por lo que los consejos aislados no son suficientes.

Ojalá que no pase como decía el profesor Mayor Zaragoza recordando al poeta guatemalteco que dio su vida por la defensa de los derechos humanos y que decía que la gente sencilla de su pueblo, iría algún día a ver a los intelectuales del mismo, y le preguntaría que hacían esos sabios mientras se quemaba su pueblo.

Dilema profesional con la venia de mi ego


Llevo unos días que no paro de trabajar en un blog profesional que estoy haciendo. El hecho de tener este blog me bloqueaba de alguna forma mi presencia profesional en la web pero hoy en día ya no se puede vivir en el anonimato profesional.



Y yo escogí la presencia bloguera en el sentido más humano pero menos profesional que es éste blog donde cuento lo que día a día me va pasando, y que me sirve de terapia, autoayuda, aprendizaje para escribir, para reflexionar un rato en la soledad del cuarto que tengo en casa o en algún momento del trabajo que desconecto media hora para meterme en algún tema pensando por escrito que es mucho más peligroso que en voz alta.

No se que hacer con este blog. Son más de 3 años y 60.000 visitas (probablemente 50.000 sean mías ya que entro mucho para hacerme el popular) y el blog forma parte de la vida. Es una forma de reírme de mi mismo. A lo mejor la solución es hacerlo privado y compartirlo sólo con los amigos. El caso es que necesito que cuando alguien ponga mi nombre en google aparezca mi trabajo como profesional porque es una necesidad comercial. Suelo ser radical en mis tomas de decisiones.

¿Qué me aconsejan?

¿Chollos?

Llevo tres años escuchando cuando es el momento de comprar por aquí en la Costa del Sol, y todo el mundo es gran conocedor. Hace unos años gasté mucho dinero en un proyecto inmobiliario en las costas de Brasil y por mi falta de experiencia me equivoqué. Lo que estoy absolutamente seguro es que por muy mal que vayan las cosas, en estos momentos hay sitios privilegiados por la zona donde vivo, que al habérselos quedado el Banco, están saliendo a la mitad de lo que costaban hace unos años. Invertir en esta zona del planeta con uno de los mejores climas y con infraestructuras muy consolidadas, creo que es una buena posibilidad, teniendo en cuenta que estamos hablando de viviendas ya terminadas y con comunidades funcionando, con hipotecas que son de las pocas que están dando los Bancos para quitarse inmovilizado, practicamente por el Euribor y hasta con 40 años de plazo.

Os dejo un ejemplo:


Literatura para el verano 1

 
 La semana pasada estuve clasificando libros que tengo en el ebook. Son un total de 800 y había cosas interesantes que de momento creo que no voy a leer, pero las dejaré por aquí por si alguien puede comentar algo sobre estos libros. Este primero lo empecé y está bien: 


1.- RASPUTIN DE HENRI TROYAT

Es un niño como tantos: pendenciero, mentiroso, merodeador y violento, de quien sospechan de entrada los habitantes de la aldea siberiana de Pokrovskoi cuando desaparece una gallina de su gallinero o una oveja de su majada. Sin embargo, a la familia del presunto culpable, Gregorio Rasputín, no le falta nada.






Luego me encontré una perla de soneto:




2.- Soneto a Alfonso Ussía 

¿Ramplón? ¿No es esa la autobiografía
de un lameculos a un borbón pegado? 
¿ordinario? Su pluma de lenguado, 
y cursi, ¿no es sinónimo de Ussía? 

¿Pelma oficial?, la caspa de su seda, 
¿tópica?, su alitosis perfumada, 
¿boba?, su sopa, rancia, su cruzada, 
buen gusto,...¿usted?...don Mendo no se
hereda 

¿Esteti...cualo?...Chatín, más le vale, 
antes de sus eructos semanales, 
lustrarse los colmillos con lejía. 

Deploro que se pudra usted de celos 
viéndome derrochar (sírvanse frías) 
las gracias que no quiso darle el cielo.

Y algunas otras cosas que tengo ganas de leer, como este Premio Nobel

3.- En medio de ninguna parte de J.M. Coetzee

Hoy mi padre trajo a casa a la mujer a la que acaba de desposar. Llegaron en un carricoche del que tiraba un caballo trotón enjaezado con una pluma de avestruz en el lucero, polvoriento tras el largo trayecto. O quizá tirasen del carricoche dos asnos  emplumados, que también eso es posible. Mi padre vestía su frac negro y su sombrero de copa; la flamante recién casada, una pamela de ala ancha y un vestido blanco y ceñido en el talle, ajustado en los pechos. No puedo dar más detalles a no ser que me ponga a embellecer la historia, dado que no estaba pendiente de ellos cuando llegaron.



o el escritor catalán del que ya leí Baterbly y cía (sobre los escritores que nunca escribieron):







4.- Doctor Pasavento. Enrique Vila-Matas

Paseábamos por la llamada alameda del fin del mundo, un melancólico sendero junto al castillo de Montaigne, cuando me preguntaron:

 —¿De dónde viene tu pasión por desaparecer?

 Mi acompañante deseaba saber de dónde venía esa idea de desaparecer que tanto anunciaba yo en escritos y entrevistas, pero que no acababa nunca de llevar a la práctica. La pregunta me cogió más bien desprevenido, pues andaba en ese momento distraído pensando absurdamente en un gol que había marcado Pelé en el remoto Mundial de fútbol de Suecia. Así que no escuché bien del todo la pregunta y pedí que me la repitieran.

 —Pues no lo sé —terminé al poco rato contestando—, ignoro de dónde viene, pero sospecho que paradójicamente toda esa pasión por desaparecer, todas esas tentativas, llamémoslas suicidas, son a su vez intentos de afirmación de mi yo.

Sonaron muy pertinentes estas palabras ensayísticas, dichas allí, nada menos que en la cuna misma del género literario del ensayo. Como se sabe, Michel de Montaigne escribió sus libros en lo alto de una torre anexa a su castillo cercano a Burdeos. Los escribió en un estudio y biblioteca que estaba en la tercera planta de la torre. Allí inventó el ensayo, ese género literario que con el tiempo iría ligado a la construcción de la subjetividad moderna, construcción en la que participaría asimismo Descartes, que también decidió encerrarse a pensar en un lugar solitario, en su caso en la bien caldeada habitación de un cuartel de invierno de Ulm. De modo que puede decirse que el sujeto moderno no surgió en contacto con el mundo, sino en aisladas habitaciones en las que los pensadores estaban solos con sus certezas e incertidumbres, solos consigo mismos.

Spanishlaw.net

Una página casera para empezar un proyectillo:

http://spanishlaw.net/

Lo mejor es la música por lo que no teneis que darle a la entrada.

CARTA A UN ZAPATERO QUE COMPUSO MAL UNOS ZAPATOS




Estimable señor:

Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.

En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo repetirlas.)

 
Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy razonable. Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía, casi siempre deprimente.

Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus materiales y por su perfecta hechura. Hasta puso muy alto su marca de fábrica.

Me prometió, en suma, un calzado flamante.

Pues bien: no pude esperar hasta el día siguiente y me descalcé para comprobar sus promesas. Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitaron mis esfuerzos infructuosos.

Mis pies no pudieron entrar en los zapatos. Como los de todas las personas, mis pies están hechos de una materia blanda y sensible. Me encontré ante unos zapatos de hierro. No sé cómo ni con qué artes se las arregló usted para dejar mis zapatos inservibles. Allí están, en un rincón, guiñándome burlonamente con sus puntas torcidas.

Cuando todos mis esfuerzos fallaron, me puse a considerar cuidadosamente el trabajo que usted había realizado. Debo advertir a usted que carezco de toda instrucción en materia de calzado. Lo único que sé es que hay zapatos que me han hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo con ternura: así de suaves y flexibles eran.

Los que le di a componer eran unos zapatos admirables que me habían servido fielmente durante muchos meses. Mis pies se hallaban en ellos como pez en el agua. Más que zapatos, parecían ser parte de mi propio cuerpo, una especie de envoltura protectora que daba a mi paso firmeza y seguridad. Su piel era en realidad una piel mía, saludable y resistente. Sólo que daban ya muestras de fatiga. Las suelas sobre todo: unos amplios y profundos adelgazamientos me hicieron ver que los zapatos se iban haciendo extraños a mi persona, que se acababan. Cuando se los llevé a usted, iban ya a dejar ver los calcetines.

También habría que decir algo acerca de los tacones: piso defectuosamente, y los tacones mostraban huellas demasiado claras de este antiguo vicio que no he podido corregir.

Quise, con espíritu ambicioso, prolongar la vida de mis zapatos. Esta ambición no me parece censurable: al contrario, es señal de modestia y entraña una cierta humildad. En vez de tirar mis zapatos, estuve dispuesto a usarlos durante una segunda época, menos brillante y lujosa que la primera. Además, esta costumbre que tenemos las personas modestas de renovar el calzado es, si no me equivoco, el modus vivendi de las personas como usted.

Debo decir que del examen que practiqué a su trabajo de reparación he sacado muy feas conclusiones. Por ejemplo, la de que usted no ama su oficio. Si usted, dejando aparte todo resentimiento, viene a mi casa y se pone a contemplar mis zapatos, ha de darme toda la razón. Mire usted qué costuras: ni un ciego podía haberlas hecho tan mal. La piel está cortada con inexplicable descuido: los bordes de las suelas son irregulares y ofrecen peligrosas aristas. Con toda seguridad, usted carece de hormas en su taller, pues mis zapatos ofrecen un aspecto indefinible. Recuerde usted, gastados y todo, conservaban ciertas líneas estéticas. Y ahora...

Pero introduzca usted su mano dentro de ellos. Palpará usted una caverna siniestra. El pie tendrá que transformarse en reptil para entrar. Y de pronto un tope; algo así como un quicio de cemento poco antes de llegar a la punta. ¿Es posible? Mis pies, señor zapatero, tienen forma de pies, son como los suyos, si es que acaso usted tiene extremidades humanas.

Pero basta ya. Le decía que usted no le tiene amor a su oficio y es cierto. Es también muy triste para usted y peligroso para sus clientes, que por cierto no tienen dinero para derrochar.

A propósito: no hablo movido por el interés. Soy pobre pero no soy mezquino.

Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué por su obra de destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para exhortarle a amar su propio trabajo. Le cuento la tragedia de mis zapatos para infundirle respeto por ese oficio que la vida ha puesto en sus manos; por ese oficio que usted aprendió con alegría en un día de juventud...

Perdón; usted es todavía joven. Cuando menos, tiene tiempo para volver a comenzar, si es que ya olvidó cómo se repara un par de calzado.

Nos hacen falta buenos artesanos, que vuelvan a ser los de antes, que no trabajen solamente para obtener el dinero de los clientes, sino para poner en práctica las sagradas leyes del trabajo. Esas leyes que han quedado irremisiblemente burladas en mis zapatos.

Quisiera hablarle del artesano de mi pueblo, que remendó con dedicación y esmero mis zapatos infantiles.

Pero esta carta no debe catequizar a usted con ejemplos.
Sólo quiero decirle una cosa: si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio.

Yo le prometo que si mis pies logran entrar en los zapatos, le escribiré una hermosa carta de gratitud, presentándolo en ella como hombre cumplido y modelo de artesanos.
Soy sinceramente su servidor.


Juan José Arreola








un Hombre

Llorar por la muerte es faltarle el respeto a la vida.

Facundo Cabral.

Sigo consternado con la muerte de este poeta, filósofo, trovador, en definitiva un Hombre.

Y cada minuto que pasa más consciente soy de su obra:



Facundo era hasta este fin de semana un hombre sencillo, querido y admirado. Pero creo que después de su trágico final su mensaje nos hará descubrir su dimensión de Hombre. Era algo más como lo fue John Lennon, o Luther King, o Gandhi, o el mismo Jesús, porque por encima de religiones, escuchar el mensaje de estas grandes personas te lleva a ser un poco mejor. Nos averguenza la espiritualidad pero el amor es necesario, lo llamemos como lo llamemos.
He encontrado una página web dedicada a él por un grupo de personas entre las que destaca Pla Ventura, http://www.facundocabral.info/rincondepla-texto.php?Id=422  que merece la pena ver, como la entrevista con este mismo señor que es un verdadero entusiasta del cantautor y del que también me ha impactado una cita suya:

Escribir no es otra cosa que mostrar a los demás lo que tú sientes sin que nadie perciba que tú eres el protagonista.

Merece la pena perder un rato y escuchar a este sabio, que el destino ha querido inmortalizar, para que seamos un poco mejores con su mensaje.














Continuará...

Gracias Don Facundo

Una de mis primeras entradas, en abril de 2008 fue ésta sobre las preguntas de FACUNDO CABRAL. Me impresionó esta entrevista. Hoy tras conocer la trágica noticia de su asesinato por error he querido rescatar el post. Este hombre era un gran hombre y formará parte de los mitos, aunque parece que su muerte ha sido un error, que sin embargo refleja la violencia del pueblo sudaméricano. Descanse en paz!

Cada vez que veo esta entrevista aprendo algo nuevo. La he visto ya como 6 veces y siempre saco nuevas conclusiones.

Feliz porque estoy aquí. No me interesa la política, vivo en otro barrio. Me interesan sólos los filósofos, los poetas. El cambio a partir del individuo. El amarás al prójimo como a tí mismo. La gente primero debe dejar de estafarse.

LAS PREGUNTAS:

1.- ¿Trabajas en lo amado?

2.- ¿Te acuestas con la mujer que te gusta o te estafas ocho horas al día?

3.- ¿Tuviste un hijo para continuar la especie o fue un descuido de un sábado noche?

4.- ¿Puedes vivir sin atragantarte de cerveza?


5.- ¿Siempre elegiste a cualquiera para echar la culpa, cuando te haces cargo de tus responsabilidades?


La mayoría de la gente está en lo que odia y cree que todo rico es malo y todo pobre es bueno.

El agente provocador de Pere Gimferrer

El agente provocador

¿Provocación? Si el texto mismo es un agente provocador y ha de actuar provocando reacciones catalizando, cristalizando, y quizá también reventando, haciendo estallar: centella y polvorín—, no puede elegir, en mí mismo, un momento cualquiera, neutro, indefinido, un material en letargo (la época de la infancia, bajo el ahogo de clueca de la incubadora familiar), ni tampoco un momento de estupefacción y de impostura (los años mudos y terribles del despertar adolescente), ni siquiera un momento de crisis, de miedos, de saltos en el vacío y de incertidumbre (la primera juventud, áspera, hecha de impulsos y de retracciones y de retractaciones); ha de elegir, por la ley de la atracción de los semejantes, el momento en que un electivo agente provocador irrumpe en mi vida, por el azar fortuito (por el azar objetivo), como una materialización del tema surrealista del encuentro.

¿Provocadora? ¿Provocatriz? No «una mujer provocadora,: eso se podía decir, lo podían decir las señoras, en la oscuridad ávida de los cines de barrio, ante las muchachas enfundadas, como serpientes de esmeralda y vino, en vestidos de seda ajustados, crujientes, de colores chillones: en la palidez yerta de la pantalla, o bien, como si fuesen una prolongación de ella, en el pandemónium de harén de las barras americanas, otra forma de espectáculo; o, incluso —y eso va te aproxima más, pese a todo—, también era una «mujer provocadora» la mujer emancipada, la que hacía un reto de su insolencia, de su belleza, de su elegancia y de su libertad, suprema, alta Y risueña —o también demasiado sincera, demasiado vehemente: la Nastasia Filíppovna de El idiota—, exaltada unas veces y otras soñadora, obscena o elegante, cordial o altiva; sí,
también de esta mujer (y ésta sí que se te parece) podríamos decir que era una mujer provocadora, pero no lo es propiamente: no es una mujer provocadora (provocadora como adjetivo), sino, más exactamente, una provocadora (sustantivo), es decir, provocadora de la misma manera que lo es un agente provocador, agente provocador en ella misma, también en eso idéntica a Nastasia Filíppovna, la imprevisible y en exceso generosa, la que muere de tanto como vive, la que se da y se inmola y se agota en un puro impulso de vivir
excesivo; agente provocador, es decir, una provocadora como lema y definición, casi como oficio, porque, de todas las constantes de mi vida, Maria Rosa, es ésta la unís firme, y quizá la única inalterable: provocadora en los años de adolescencia, cuando dabas conciertos de piano en el Palau de la Música y en las casas acaudaladas (y aún ahora, con Joaquim Gomis, cenando, se te acerca Joan Miró y recuerda aquella tarde que tú has olvidado, sentada al piano ante su propia pintura mural); provocadora después, con tu huida a París, y es un mundo lejano, ruidoso y dorado como el paso de un tranvía de oro relampagueante, el mundo que yo vislumbré, veinte años después, cuando, detrás del Palais-Royal —en el mismo hôtel particulier en el que vivía Colette, y día a día tú la podías ver desde el jardín o desde tu habitación por un ventanal—, tú subiste a casa de Pierre Schaeffer, y yo me quedé —porque no creía que me fuera lícito el entrar yo también— tomando una Vittel en el bar de la esquina, después de haberte dicho adiós en el rellano de abajo—
donde, sorprendentemente, vi el rótulo que indicaba que allí estaba la redacción de los Cahiers du Cinéma, convertidos entonces (1973) en un núcleo de gauchisme y de estructuralismo, es decir, sin gran cosa que ver con la revista que yo había leído en los años sesenta, pero, pese a todo, irreductiblemente mítica, la misma revista, otro avatar de la misma revista—; y la tarde de noviembre era muy clara, extrañamente tranquila; pasaba muy poca gente por la calle, todo estaba tranquilo, y yo pensaba que quizá no volverías a bajar, que
quizá tu antigua existencia de París recobraría sus derechos sobre ti, y te reclamaría; el pensamiento desgarraba mi vida en dos mitades, pero yo lo seguía con una especie de terrible calma, porque (del
mismo modo que no estaría dispuesto a ceder el paso a otra persona cualquiera, aunque eso me obligara a representar el papel ingrato y desairado del celoso) no me consideraba, en cambio, con ningún tipo
de derecho para interponerme entre tú y tu pasado parisino, de modo que iba va imaginando que tendría que callarme, ir a acabar la tarde en el cinc de al lado del hotel, y después hacer las maletas (o, mas
exactamente, mi maleta; la otra quizá tuviera que enviarla a la casa del Palais-Royal) y volver solo a Barcelona; pero va estabas aquí, ya bajabas; volvíamos al hotel. Provocadora, lejana provocadora
parisina, todas las tardes en la Cinemateca de la rue de Ulm o trabajando en el ateller de musique concrète— en una pieza grabada en disco, Orphée, estaba registrada (por indicación de Maurice Bejart, que era el productor) tu risa nítida—, todas las noches durmiendo con Pierre Henry en la oscuridad de un garaje—el garaje adonde, con cuero y con linternas, vinieron los policías, los flics, para sorprenderos en flagrante adulterio, acto de trámite en la demanda de divorcio de su mujer; el garaje en el que, una tarde, por
Navidad, os fue a ver Edgar Varèse, y tú lo acompañaste por todo París, hasta que encontrasteis la única castañera de la ciudad—; provocadora parisina, yendo con Boris Vian (y supiste por mí que
había muerto de muerte fulminante, y es el único hombre de quien nunca quisiste contarme nada de nada, obligada —más allá de la muerte, por una especie de extraña fidelidad póstuma— por un juramento —un serment— de silencio recíproco que presidió vuestra separación), errantes los dos, heridos los dos de ternura, en las tinieblas de las cavas de jazz, quizá los dos —porque el silencio manda en todo, y la presencia de Vian es escamoteada siempre que puedes en nombre del pacto de silencio— en aquella cena lejanísima
con Peter Ustinov, sarcástico, exuberante y mundano como un sátrapa, en casa de Marina Vlady; provocadora entre bastidores, en un silencio pesado de coulisses, siguiendo día a día los ensayos de
Ingmar Bergman, director del teatro Sarah Bernhardt, un nórdico que empezaba a tener éxito en París, delgado, nervioso, serio; provocadora, rompiendo de pronto con todo, embarcándote hacia Japón —y para interpretar Debussy— con una troupe de ballet—con Antonio Gades en la misma compañía, y ahora hace un año, en Barcelona, en el restaurante Amaya, nos encontramos con Antonio Cactus, y aún recuerda de memoria un poema tuyo; tiene el manuscrito en su casa, prometió que lo buscaría—; provocadora,
porque —en Ceylán, en Hong Kong, en Osaka, en Saigón— por la noche, como en una novela del siglo pasado, el capitán, mandando al centinela que se fuera, te recibía en su cabina, un amor con los días
contados, sesenta y seis exactamente, ida y vuelta de Marsella a Yokohama, y es el amor que más recuerdas.

Provocadora, con la sonoridad redonda, clara y definitiva de esta palabra, que evoca la de procaz e incluso la de prostituta: sonidos plenos, graves, con la majestad secreta de un cuerpo que repta se ofrece: provocadora procaz en el teatro cerrado de nuestro piso, oscuro en pleno día, cerradas las persianas del balcón, encendidas las lámparas: provocadora procaz que cerrara para mí el mundo visible y me abrirá el teatro de las ceremonias del cuerpo, y ahora eres la pupila de un burdel marsellés, untuoso bajo el gas de los faroles encendidos, hollín y carbón y negror de humo: el templo y el altar de la provocación: provocadora,
o quizá más bien provocatriz, como decimos meretriz, nombre latino, alto y sonoro y altivo e imperial, nombre de diosa o de sacerdotisa; provocadora, y quizá aún mejor provocatriz, como decimos emperatriz. Porque es tuvo el imperio. Has dejado al lado del tocadiscos el vaso de whisky —siempre la misma medida, uno tras otro, momento a momento— y escuchas siempre los mismos compases del mismo disco. Las fases son invariablemente idénticas.

Todo empieza con una dulzura serena e imperceptible: el primer vaso, el segundo vaso —nunca es un vaso, sino siempre un fondo de vaso, como si dijéramos una chispita—, pero va las persianas están bajadas, ya has encendido la lámpara de pie, o quizá la de pantalla roja; llevas babuchas doradas y un pijama de seda floreada, amplio como el de una favorita otomana salida del serrallo cálido y lujoso del Bajazet de Racine; y el clima de la habitación tiene la dulzura amodorrante del serrallo, visto, no como un lugar particularmente
lujoso, sino como un espacio cerrado de embriaguez; el tiempo, aquí, tiene sólo un ciclo; la segunda fase es eufórica, una claridad como el reflejo de un espejo en los ojos; la tercera Fase es hilaridad y provocación, ahora eres más que nunca, de súbito, la prostituta marsellesa y al mismo tiempo la emperatriz, lasciva y suntuosa bajo un pabellón de seda; provocadora, provocatriz; pero después viene el silencio, el desasosiego se retira, te has sentado en el pouf— o en el suelo, al lado del tocadiscos— en una oscuridad casi completa, las piernas cruzadas, la cabeza baja; el vaso está en el suelo, no lo miras, parece como si no lo vieras, sólo de vez en cuando, a intervalos regulares, tu mano —con la precisión de un resorte mecánico y con la sequedad y la certeza ciega y secreta del animal que se mueve en la noche o del alga bajo el mar— llega, lo coge, lo
vacías de un trago seco, rápido y brusco; ahora todo se ha oscurecido; has ido a ocultarte, a recogerte en el último reducto de tu soledad, porque el alcohol ha actuado en ti como agente provocador, reactivo que desvela, más que los recuerdos, lo que hay tras los recuerdos; como si dijéramos, la decoración del fondo.
El tiempo no existe fuera de esta habitación donde tu cuerpo, deshabitado del espíritu, y tu espíritu, deshabitado del cuerpo, se han reencontrado en las estancias de la trastienda del ser (como
refugiados judíos en las buhardillas, mientras por la calle ladran amenazadores Y jadean los perros de la policía nazi), en esta habitación —o, mejor dicho, en este espacio— donde la escritura reinventa el asedio del ser, la soledad al fondo de todo, la espera del encuentro con el agente provocador. Es circular el tiempo del deseo, es circular el tiempo de la propia conciencia, el espectáculo interior de nuestra vida moral. Ahora tengo que pensar en términos de escisión hay una grieta, una distancia entre mi yo y mi yo, entre tu
yo y tu yo. Para sobrevivir, tenemos que poder vencer —o nos ha de pareces que podemos— esta escisión: en el tiempo cerrado del amor, en el tiempo cerrado del alcohol, en el tiempo cerrado de la
escritura. Detener el tiempo. Los ojos va no me parpadean: lo veo lodo: tu cuerpo, mi texto, es el agente provocador. Nado a oscuras y me encuentro a mí mismo encontrando un texto, encontrando un
cuerpo.

Pere Gimferrer.

Los abogados ante la defensa de asuntos graves

Hoy estoy de guardia de centros de detención y he tenido que asistir a un detenido en el asunto más desagradable que he visto como profesional. No daré detalles pero creo que en mi conciencia hay pocas cosas peores.

¿Cómo se siente uno como abogado? Pues mal. No obstante un abogado en la asistencia a la Policía, sólo tiene los detalles del hecho que la Policía de buena manera te facilite voluntariamente un minuto antes de la declaración. No tienes acceso al atestado ni de entrevista previa con el detenido. Sólo puedes hacer preguntas sobre lo que esté declarando, lo que es absurdo ya que sin leer el atestado, denuncias, pruebas, etc siempre existe un riesgo de embrollar el asunto.


Por tanto, generalmente y más en asuntos graves la única defensa posible consiste en ser una estatua. Luego te puedes entrevistar en la sede policial pero no sirve de nada porque tampoco te dejan ver el atestado posteriormente y en cuanto pase al Juzgado tendrá un nuevo abogado del turno de oficio, que ya si puede ver el atestado y preparar la defensa, pero ésta empieza desde la primera declaración que se hace por escrito, porque si no, nosotros no pintamos nada, salvo evitar que declare bajo torturas o que el Policía mienta. Desde Málaga estamos intentando un cambio en la LECrim, artículo 520 para que si tenemos que estar delante de un detenido en una declaración podamos saber que está pasando porque si no no estamos como letrados, estaríamos como Ministerio Fiscal que es el que ha de velar por las garantías de todos los ciudadanos. El abogado si está es para defender y asegurar el equilibrio en cuanto al procedimiento.  

Un mal rato. Menos mal que la Policía que le ha tomado declaración era una profesional como la copa de un pino y con sensibilidad. Es una sensación extraña de orgullo, la que se tiene cuando sales de una cosa así y ves que no te has dejado llevar por los instintos. Y cuando le he dado a la Policía la mano creo que hemos tenido ambos la misma sensación y esto hay que decirlo. Chapó por el trabajo bien hecho de esta Policía.

Creo que sólo los abogados podemos entender todo ésto. ¿Qué pasaría si uno se deja llevar y prejuzga a una persona o unos hechos como ciertos y luego resulta que no es así? Eso si que sería un palo. Saber que por tu culpa alguien tiene que pasar más de 12 años en prisión. A cada uno le toca su parte de la balanza y el Juez es el único que tiene que juzgar. Dura papeleta la verdad. Uno está para argumentar las razones de un lado que en frente tiene a un Fiscal y a una acusación particular, que ya se encargarán de probar lo contrario. Y sale. Es algo innato que parece como que los letrados tenemos asimilado. Y hay que olvidarse una vez terminado el tema, por lo que aquí se pone el punto final. 

Muy difícil de explicar la verdad.

Siestas veraniegas

Ya estamos en verano. Y me voy a disfrutar de todo un clásico. Poner el Tour y dormirme la siesta con los locutores de fondo.



Esperemos que Contador se recupere, pero sin muchos sobresaltos.

Teoría de Andalucía de Ortega y Gasset


He leído un pequeño ensayo de Ortega y Gasset sobre Andalucía y luego he buscado algunas notas en Internet para dejarlas aquí reseñadas para futuras entradas y pensar en blanco y negro.






De las dos notas características de lo andaluz, según Ortega, la primera le viene a Andalucía de su perspectiva histórica y la segunda de su circunstancia vital. La primera nota definitoria de lo andaluz es la perspectiva que le viene dada por su historia milenaria, pues, para Ortega, el andaluz es el pueblo más viejo del Mediterráneo, la que le facilita la tolerancia para con cualquier otra cultura.

Es de ad­vertir que el andaluz, a diferencia del cas­tellano y del vasco, se complace en darse como espectáculo a los extraños... Esta propensión de los andalu­ces a representarse y ser mimos de sí mis­mos revela un sorprendente narcisismo colectivo...

Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Esta­do aparte, es, de todas las regiones espa­ñolas, la que posee una cultura más radi­calmente suya. Entendamos por cultura lo que es más discreto; un Sistema de ac­titudes ante la vida que tenga sentido, co­herencia, eficacia. La vida es primera­mente un conjunto de problemas esenciales a que el hombre responde con un conjunto de soluciones: la cultura (...)


Ya veremos cómo la cultura andaluza vive de una heroica amputación ; precisamente de amputar todo lo heroico de la vida -otro rasgo esencial en que coincide con la China.


Una y otra tienen una raíz común, que en este caso es menos metafórica, porque, como las auténticas raíces, se hinca en el campo. (...) Esta contraposición dibuja con laguna claridad el sentido positivo y creador que doy al término cuando de la andaluza digo que es una cultura campesina, es decir, agraria. No es peculiar de ésta que el hombre cultive el campo, sino que de la agricultura hace principio e inspiración para el cultivo del hombre.


Andalucía ha caído en poder de todos los violentos mediterráneos, y siempre en veinticuatro horas, por decirlo así, sin ensayar siquiera la resistencia. Su táctica fue ceder y ser blanda. De este modo acabó siempre por embriagar con su delicia el áspero ímpetu del invasor. El olivo bético es símbolo de la paz como norma y principio de cultura.

Y enlazando ya con la segunda característica definitoria de lo andaluz, que es la tierra en que se asienta, que por sus condiciones especialísimas no es un mero trozo de terreno material, sino un ideal:

"Conviene insistir en esta raíz primaria del alma andaluza que es el peculiar entusiasmo por su trozo de terreno [...]. La unión del hombre con la tierra no es aquí un simple hecho, sino que se eleva a relación espiritual, se idealiza y es casi un mito. Vive de su tierra no sólo materialmente, como todos los demás pueblos, sino que vive de ella en idea y aun en ideal"

La famosa holgazanería del andaluz es precisamente la fórmula de su cultura. La cultura no consiste en otra cosa que en hallar una ecuación con la que resolvamos el problema de la vida. Pero el problema de la vida se puede plantear de dos maneras distintas. Si por vida entendemos una existencia de máxima intensidad, la vida nos obligará a afrontar un esfuerzo máximo. Pero reduzcamos previamente el problema vital, aspiremos sólo a una vita mínima: entonces, con un mínimo esfuerzo, obtendremos una ecuación tan perfecta como la del pueblo más hazañoso. Este es el caso del andaluz. Su solución es profunda e ingeniosa. En vez de aumentar el haber, disminuye el debe; en vez de esforzarse para vivir, vive para no esforzarse, hace de la evitación del esfuerzo principio de su existencia. (…)


Después de todo como decía Federico Schlegel, es la pereza el postrer residuo que nos queda del paraíso, y Andalucía el único pueblo de occidente que permanece fiel a un ideal paradisíaco de la vida. Hubiera sido imposible tal fidelidad si el paisaje en que está alojado el andaluz no facilitase ese estilo de existencia...

El pueblo andaluz posee una vitalidad mínima, la que buenamente le llega del aire soleado y la tierra fecunda. Reduce al mínimo la reacción sobre el medio, porque no ambiciona más y vive sumergido en la atmósfera deliciosa como un vegetal. (…)

El andaluz aspira a que su cultura se parezca a su atmósfera. Para él, lo andaluz es primariamente el aire de Andalucía. La raza andaluza, el andaluz mismo, viene después… Todo andaluz tiene la maravillosa idea de que ser andaluz es una suerte loca con que ha sido favorecido. Como el hebreo se juzga aparte entre los pueblos, porque Dios le prometió una tierra de delicias, el andaluz se sabe privilegiado porque, sin precia promesa, Dios le ha adscrito al rincón mejor del planeta. Frente al hombre de la tierra prometida, es el hombre de la tierra regalada.

Hasta tal punto está Ortega convencido de esto que llegará a afirmar que, si bien otros hombres siguen manteniendo sus peculiaridades nacionales al ser trasplantados a otras tierras, el andaluz deja de ser tal en cuanto tiene que habitar otra tierra distinta de la que lo ha visto nacer.

Algo que enlazo con un cuento titulado "El Hijo del Sur" de Rafael Cansinos-Assens:

Era un hijo del Sur, ardiente y generoso; había nacido en su lecho de flores y de luz, y tenía en su corazón toda la llama de aquel sol que caldeara su infancia, modelándola como en un viejo fuego. La suerte lo había llevado luego a un país del Norte...

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