A mi amiga más saludable





Tengo un amiga del Alma a la que quiero como si fuera de mi familia. En su día me ayudó a salir de un mal de amores, con don Federico Mayor Zaragoza de testigo y nada menos que en el Palacio Wilson de Ginebra bajo el lema de los Derechos Humanos en la diversidad cultural para la paz. Una semana de verano que fue para mí inolvidable y que me hizo escribir un cuaderno de colores, donde abandoné toda la razón durante dos días y no paré de vomitar sobre papel todas las emociones que tenía presas.

Gracias a Ella pasé una página de mi historia donde el gris abundaba y pude recuperar la salud espiritual y evolucionar de ser un niñato a un joven en vías de ser un proyecto de hombre, que se casa con una mujer excepcional y que termina con el nacimiento de mi hija, la que me da el nombre de padre y me convierte en una persona que pretende ser normal y diligente como estipula el Código Civil.  

Y en esa lucha estamos. Fallando con a. Conviviendo con mi ego, buscando el equilibrio,  levantándome con dignidad de mis pasiones, e intentando poder afeitarme ante el espejo con orgullo o salir en el Facebook, que es algo que me gusta y que debo plantearme sus causas. Creo que aprobé con nota el Curso de autoestima que di con los jesuitas indios, pero antes de ir a la próxima ITV interna, me conviene repasar un poco. No tengo muy claro los límites entre la autoestima y el narcisismo estúpido y pueril. Puede que el formato blog sea mejor para crecer que las redes sociales donde se busca el aplauso fácil como en la política. Y la literatura, esa amante con la que no me atrevo por respeto a mis lecturas.

Yo quisiera poder ayudar más a la depositaria de mis secretos y emociones de una etapa de vida de la que me he arrepentido demasiado y no se como. Estas amistades entre hombre y mujer cuando no se manchan (a los amigos de Escriba de Balaguer se les ha tenido que poner dura) pueden ser eternas, pero chochito, como diría el Soto dejame que te mire despacio y crecer en tu secreto, que voy sin maldad. Si no pregúntale a mi maestro Antonio Reguera, su concepto de ir sin maldad.




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